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Reseña del libro "El Estudio de China" de T. Colin Campbell

El Estudio de China muestra asombrosamente qué podemos mejorar en la alimentación habitual para evitar las enfermedades de la civilización. Un libro importante.

Traducido por Editorial Sirio

Título El Estudio de China
Subtítulo Efectos asombrosos en la dieta, la pérdida de peso y la salud a largo plazo
Autor(es)

Dr. T. Colin Campbell

Dr. Thomas M. Campbell II

Editorial BenBella Books, Inc., Dallas, Texas, EE.UU.
Publicación 2012
Páginas 481, tamaño mediano
ISBN 978-1-935618-78-2
Comentario Título original, 2005: The China Study. The most comprehensive study of nutrition ever conducted and the startling implications for diet, weight loss and long-term health

Conclusión

Tras la “revelación”, Saulo de Tarso se convirtió en Pablo de Tarso y su pensamiento y su comportamiento se transformaron... Las pruebas contundentes que nos presentan una serie de reconocidos investigadores concluyen lo siguiente: el consumo de menos proteína de origen animal es el paso más importante para evitar las enfermedades de la civilización que se conocen. Hasta cierto punto, la alimentación también posibilita la curación.

Dado que las industrias de la alimentación y farmacéutica disponen de medios prácticamente ilimitados, e imposibilitan así de forma activa los cambios hacia una alimentación saludable, sólo se puede creer en estas afirmaciones a través de las pruebas facilitadas. La interdependencia entre economía, política, medios de comunicación y sanidad es demasiado elevada. Un buen cuento puede contarse siempre, pero la verdad precisa sensibilidad y capacidad intelectual.

Resumen

Las imágenes de esta reseña tienen como función hacer más amena la lectura y posibilitar la anotación de mis observaciones personales. El libro contiene pocas imágenes, pero numerosos gráficos. Las fotografías que he incluido proceden de la Wikipedia, son personales o son de dominio público.

El autor nos describe de forma convincente cómo confiaba de niño y de joven en las proteínas de origen animal. Su tesis doctoral también apuntaba en dicha dirección. Deseaba ayudar a la humanidad a mejorar su salud abogando por un mayor consumo de carne, leche y huevos. Con esta idea trabajó varios años en Filipinas.

Durante diez años, el objetivo principal de su trabajo consistió en garantizar a través de centros educativos de autoayuda que los niños ingirieran la mayor cantidad posible de proteína de origen animal. No obstante, descubrió que “¡los niños cuyas dietas tenían la mayor cantidad de proteínas eran los que más posibilidades tenían de contraer cáncer de hígado!”.

Más tarde, tuvo conocimiento de unos ensayos realizados en la India sobre grupos de ratas que mostraban resultados similares, y que no fueron considerados creíbles. Los experimentos de su propio equipo con ratones transgénicos llegaron a idénticos resultados: no son los genes los que determinan si una persona será víctima de uno de los diez motivos principales que conducen a la muerte, sino lo que come.

Cacahuetes crudos, sabrosos y saludables. No abren el apetito. Fotografía: Sanjay Acharya. Cacahuetes tostados y salados: abren el apetito y no son saludables. Fotografía: Flyingdream. Mezcla no saludable de cacahuetes para picotear, con azúcares artificiales. Fotografía: Evan Amos.
Sabrosos, crudos y saludables Tostados, salados, abren el apetito, no saludables Mezcla no saludable para picotear por el camino

Esta fue su experiencia clave:

Los resultados de los ensayos que realizó con su equipo durante 27 años, financiados por las instituciones nacionales más reputadas, fueron comprobados una segunda vez por parte de una serie de prestigiosas publicaciones científicas. Para los investigadores resultó impactante comprobar que una dieta baja en proteínas inhibía el desarrollo del cáncer producido por la aflatoxina. Esta misma dieta reducía también el crecimiento de un cáncer ya existente.

No todas las proteínas favorecían la aparición del cáncer, pero la caseína, que representa hasta el 87% de las proteínas de la leche de vaca, fomentaba todas las etapas del proceso cancerígeno. Las plantas, en cambio, proporcionaban proteínas no peligrosas.

Cuatro décadas de investigación biomédica, incluidos los hallazgos de un programa de laboratorio de larga duración, demuestran a través de impactantes resultados que comer adecuadamente puede salvarte la vida ­-escribe CAMPBELL en consecuencia- y enumera los siguientes beneficios:

"El cambio de dieta puede conseguir que los pacientes diabéticos abandonen su medicación. Las enfermedades coronarias pueden revertirse mediante meros cambios en la dieta. El cáncer de mama se relaciona con los niveles de hormonas femeninas en la sangre, determinadas por los alimentos ingeridos.

Consumir productos lácteos puede aumentar el riesgo de cáncer de próstata. Los antioxidantes presentes en frutas y hortalizas promueven un mejor rendimiento mental en la vejez. Los cálculos en los riñones se pueden prevenir mediante una dieta sana. La diabetes tipo 1, una de las enfermedades más devastadoras que puede sufrir un niño, está vinculada a los hábitos alimentarios infantiles".

Esta forma de pensar surgió tras la realización de un estudio global con 6.500 habitantes de un gran número de provincias en la China rural. Se trata de un estudio en el que tomaron parte dos universidades norteamericanas y una china bajo la dirección del autor de este libro.

Finalmente, CAMPBELL menciona en su introducción que los límites entre política, gobierno, industria de la alimentación, empresas farmacéuticas, ciencia y medicina se han difuminado a lo largo del tiempo. Los perdedores son la justicia y la salud. Y como no se reconoce, resulta más peligroso que la corrupción.
"El resultado es una ingente cantidad de información errónea por la cual el consumidor promedio estadounidense paga dos veces. En primer lugar, contribuyen a que las investigaciones se lleven a cabo mediante el dinero de sus impuestos y, en segundo lugar, pagan cuidados sanitarios para tratarse de enfermedades que se hubieran podido prevenir".

Todo esto resulta tan opuesto a las informaciones que recibimos de la industria de la alimentación, del gobierno, de la medicina, etc. que sólo puede aceptarse si ya se había identificado antes, o si se lee realmente el libro con las impactantes pruebas de los estudios realizados por tantos y tan renombrados científicos.

El prestigio del que disfruta su autor principal no se deriva de su libro ni de la investigación efectuada en China. Al contrario, CAMPBELL recibió el encargo de realizar este importante y gran estudio debido a su reputación, su integridad y sus capacidades. No es posible comparar este libro con el de un autor que ha ganado fama gracias a una determinada opinión en particular, porque CAMPBELL es una persona que goza de una elevada credibilidad profesional y humana. Su libro incluye 708 referencias de fuentes bibliográficas ordenadas según los diferentes capítulos.

Para llegar a unas conclusiones definitivas se precisan pruebas adecuadas y convincentes, por eso he redactado una reseña desacostumbradamente larga. Pero los conocimientos que se presentan también son muy extensos.

Índice y comentarios

Tras el prefacio y el prólogo de la edición norteamericana (se trata del mismo prólogo para la edición española, no así para la alemana que incluye un prólogo adicional de otro autor), podemos leer la introducción de T. COLIN CAMPBELL (enlace en inglés) en la que explica su trayectoria y su motivación, y en la que añade varios datos relevantes de interés.

A continuación, encontramos las cuatro partes diferenciadas del libro: El Estudio de China; Las enfermedades asociadas al bienestar económico; La guía de la buena nutrición; y "¿Por qué nunca habías oído hablar de esto?". A partir de la página 403 se incluyen tres apéndices: Preguntas y respuestas: efectos de las proteínas en estudios experimentales con ratas; Diseño experimental de El Estudio de China; y La conexión de la "vitamina" D. Y para finalizar, las Notas en la página 425 y el Índice temático a partir de la página 471.

El Estudio de China

      1.    Los problemas que afrontamos, las soluciones que necesitamos (p. 13)
      2.    Una casa de proteínas (p. 29)
      3.    Detener el desarrollo del cáncer (p.47)
      4.    Lecciones de China (p. 76, el Estudio de China en concreto)

Enfermedades asociadas al bienestar económico

      5.     Corazones rotos (p. 127)
      6.     La obesidad (p.154)
      7.     La diabetes (p. 165)
      8.     Los tipos más comunes de cáncer: cáncer de mama, de próstata y
              de intestino grueso (colon y recto)
(p. 177)
      9.     Las enfermedades autoinmunes (p. 207)
      10.   Efectos de amplio alcance: enfermedades óseas, renales, oculares y
              cerebrales
(p. 229)

La guía de la buena nutrición

      11.    Comer bien: Ocho principios de los alimentos y la salud (p. 257)
      12.    Cómo comer (p. 276)

¿Por qué nunca habías oído hablar de esto?

      13.    El lado oscuro de la ciencia (p. 287)
      14.    Reduccionismo científico (p. 307)
      15.    La "ciencia" de la industria (p. 331)
      16.    ¿Está el gobierno a favor de los ciudadanos? (p. 350)
      17.    ¿La salud de qué personas está protegiendo la gran medicina?
      18.    Historias que se repiten (p. 392)

El libro comienza con el prefacio de Howard Lyman, autor de Mad Cowboy, que expresa su respeto por COLIN CAMPBELL por su coraje y su integridad. Hace referencia a la problemática de ir en contra de la corriente principal o “mainstream”, a pesar de que las evidencias científicas estén de su parte.

Cuando un grupo de ganaderos decidió demandar a Oprah Winfrey después de que esta manifestara su intención de dejar de comer carne de vacuno, Lyman también fue otro de los acusados.

El prólogo de la edición norteamericana y española está escrito por John Robbins (enlace en inglés), autor de “Reclaiming Our Health” y “The Food Revolution”. Robbins señala: “Es más fácil encontrar una chocolatina Snickers, un Big Mac o una Coca-Cola que una manzana. Y tus hijos comen en la cafetería del colegio, donde la idea que se tiene de las hortalizas es el kétchup de las hamburguesas”.

A continuación, Robbins se refiere a la vistosa revista titulada “Médico de familia: tu guía esencial para la salud y el bienestar”, que la Academia Americana de Médicos de Familia envía de forma gratuita a los médicos generalistas de los Estados Unidos. Está llena de anuncios de página entera a todo color de McDonald’s, Dr. Pepper, así como de anuncios de pudding de chocolate y galletas Oreo. Algo similar ocurre en Europa, pero probablemente de un modo más refinado. En efecto, los fabricantes de platos precocinados financian la redacción de informes (Relaciones Públicas, RR.PP.) en los que “los así denominados dietistas destacan las ventajas de las sopas de sobre y alimentos congelados”. Los investigadores más críticos de la Universidad de Yale lo denominan el “entorno alimenticio tóxico”.

Robbins define El Estudio de China como “un libro sabio e inteligente” y describe a su autor como una persona de gran humildad y profundamente humana. Según nos dice, “siempre te revela cómo ha llegado a sus conclusiones”. Por otro lado, Robbins menciona una serie de aspectos que considera importantes y de interés.

En la edición alemana del libro, el prólogo complementario lo escribe el Dr. Gunter R. Neeb, de Idstein, que practica la medicina china tradicional e imparte clases como catedrático invitado.

Neeb señala que los resultados de El Estudio de China no son fáciles de creer a tenor de los estudios epidemiológicos más importantes realizados hasta la fecha sobre el tema de la nutrición. Ni siquiera teniendo en cuenta las pruebas de los cientos de estudios secundarios citados en el libro, que resultan muy convincentes y verosímiles. El resultado es el fruto de las investigaciones efectuadas durante más de 20 años y sobre más de 10.000 sujetos de estudio.

Y añade lo siguiente: “Se cita como ejemplo que los derivados lácteos, probablemente a través de la estimulación celular del IGF-1 (somatomedina C), aceleran la división de las células tumorales, y todavía hoy se recomienda a los pacientes oncológicos que combatan la pérdida de peso mediante el consumo adicional de proteínas de productos lácteos concentrados, como el queso o el yogur”.

El IGF-1 es un factor de crecimiento insulínico (Insulin-like Growth Factor 1), también denominado somatomedina C (SM-C).

La Wikipedia indica determinados problemas relacionados con el IGF-1:
"Está ampliamente aceptado que la señalización a través de la ruta de receptores de insulina/IGF-1 es un contribuyente significativo en el proceso de envejecimiento biológico en muchos organismos. (…) La reducción de la señalización IGF-1 también se piensa que contribuye en los efectos “anti-envejecimiento” de la restricción calórica. (…) La ruta de señalización del IGF parece jugar un papel importante en el cáncer. Varios estudios han demostrado que niveles altos de IGF aumentan el riesgo de cáncer”. “Los pacientes con síndrome de Laron presentan un menor riesgo de desarrollar un cáncer”, añade la Wikipedia en su versión inglesa.

Neeb censura las “peroratas” relacionadas con estos datos de la asociación alemana de alimentación, la Deutsche Gesellschaft für Ernährung e.V., entre cuyos miembros se cuentan también representantes del sector económico. Especialmente porque los estudios demuestran que no sólo se ha detectado el factor de crecimiento insulínico IGF-1 de las vacas (IGF bovino) en la sangre humana, sino que además se incrementa la producción del IGF-1 humano (enlace en inglés) debido a la caseína de la leche. Véase la siguiente reseña en relación con las consecuencias nocivas de la leche.

Asimismo, Neeb indica que las explicaciones sobre la diferencia de los efectos -según se trate de la forma activa de la vitamina D (calcitriol) de la luz solar o de la vitamina D externa que se añade habitualmente (colecalciferol, enlace en inglés; y calcio)- sobre el cáncer de mama y la osteoporosis no aclaran nada a los consumidores. Supone que el motivo reside en el hecho de que la luz solar es gratuita y que, por lo tanto, no es un negocio para el sector industrial.

El Dr. Neeb cambió su forma de alimentarse tras la lectura del libro El Estudio de China por una alimentación casi vegana (incluye una cantidad reducida de pescado) y apuesta ahora por la nutrición “moderna”.

Platos veganos y vegetarianos en una vitrina. Wikipedia "Vegetarianismo". Fotografía: Zeetz Jones.

Fotografía de Zeetz Jones.

El calcidiol (25 (OH) vitamina D3) es una prohormona que se produce en el hígado en presencia de la proteína DBP (inglés) y se convierte en los riñones en calcitriol (1,25 - (OH) 2D3). La mejor manera de conocer las reservas a medio y largo plazo de vitamina D es determinar el nivel en sangre del 25 (OH) vitamina D3. El calcidiol en sangre tiene una vida media de 19 días. El nivel de 25 (OH) vitamina D3 en sangre resalta la absorción de los últimos 3 a 4 meses. En cambio, el nivel de vitamina D3 sólo muestra la de los últimos días y horas.

La luz solar es la mejor fuente para cubrir las necesidades de vitamina D de las personas. Sin embargo, esta es insuficiente en los países nórdicos. En 100 g de alimento, el arenque fresco proporciona 27 µg, el salmón 16 µg, la carne de ternera 3,8 µg, el aguacate 3,43 µg y los champiñones 1,9 µg. Para la vitamina D3 corresponde 1 UI ≙ 0,025 µg vitamina D3 ≙ 65,0 pmol. La UI es la Unidad internacional (IU, International Unit). Se trata de una preparación de referencia de una sustancia determinada en la que se fija arbitrariamente el número de UI que contiene y que se basa en sus efectos, no en la cantidad. La Organización Mundial de la Salud es la encargada de establecerla.

Resumen de la descripción en Amazon

La Wikipedia alemana incluye una entrada sobre el libro en el enlace The China Study que, tal y como se describe en otro apartado, está fuertemente influenciada por la industria de la alimentación. En cambio, la Wikipedia en inglés (The China Study) y en español (El Estudio de China) presentan la obra de un modo mucho más completo y desde un punto de vista diferente. Parece que en estos idiomas la opinión de la industria alimentaria no se ha dejado sentir, porque las controversias sobre la cuestión se plantean de una forma neutral.

En la alemana Amazon.de se describe el libro con las palabras que traducimos a continuación:

“¡Mantenerse sano y dejar vivir a los animales!
Incluso unas pequeñas cantidades de productos de origen animal pueden tener efectos perjudiciales para nuestra salud. En este libro encontrará una respuesta científica y documentada sobre dicha cuestión. Si todos nosotros supiésemos lo que la ciencia considera demostrado desde hace tiempo... ¡que existe una relación directa entre nutrición y el desarrollo de enfermedades crónicas! El famoso investigador sobre temas de alimentación T. COLIN CAMPBELL llevó a cabo el conocido como El Estudio de China, el estudio sobre nutrición, estilo de vida y enfermedad más completo de la historia de la investigación biomédica. En la investigación participaron dos universidades occidentales, así como la Academia China de Medicina Preventiva. Este estudio demuestra las relaciones evidentes entre una alimentación rica en proteínas de origen animal y la aparición de enfermedades crónicas. Para fundamentar las ventajas de la dieta vegana, los autores analizaron cientos de estudios adicionales de otros nutricionistas. Sus resultados se reúnen en este libro de un modo comprensible e ilustrativo. Nuestro comportamiento alimenticio influye sobre nuestra salud, así como en la aparición del cáncer, enfermedades cardiaco coronarias, diabetes, obesidad y enfermedades autoinmunes como la arteriosclerosis múltiple y el reúma.
Los autores nos ofrecen consejos concretos para combatir con éxito los daños en la salud y las enfermedades crónicas mediante una alimentación vegana”.

Observaciones personales

Cuando escribo el apellido CAMPBELL me refiero a los dos autores, al padre T. Colin CAMPBELL (enlace en inglés) y a su hijo, el doctor en medicina Thomas M. CAMPBELL II. La introducción del libro abarca 10 páginas y resulta interesante por algunas de sus declaraciones, como: “Sin embargo, lo científico ha quedado enterrado debajo de un montón de información irrelevante, e incluso perniciosa –ciencia basura, dietas de moda y propaganda de la industria alimentaria”. En la Wikipedia inglesa encontramos una entrada sobre el Proyecto China-Cornell-Oxford que hace referencia a las instituciones participantes en el estudio.

Las reseñas de los libros Sal, azúcar y grasas de Michael Moss, en relación con los EE.UU., y Mentiras, lobbies, alimentos, sobre las condiciones en la Unión Europea, tratan el problema del elevado consumo de productos terminados, como los platos preparados e incluso la comida basura, entre los lectores más jóvenes.
Este libro, en cambio, se dirige al “consumidor occidental normal”, que probablemente crea que se alimenta de un modo saludable.

Sin embargo, la mayor parte de las personas come de forma no saludable, y esto se traduce en una elevada cifra de enfermedades de la civilización, que normalmente surgen al cabo de varias décadas al igual que sucede con el tabaquismo.

El peligro reside en que no percibimos el empeoramiento de nuestro estado de salud porque este se produce lentamente a lo largo de decenas de años. Por añadidura, nos orientamos según las consideraciones del resto de la sociedad que determinan lo que es adecuado y sano. Y así consideramos las enfermedades de la civilización como algo normal.

Puede consultar igualmente la reseña del libro La mentira de la alimentación sobre los aditivos en los alimentos.

1961

 

Calorías en la comida de la población mundial en 1961. Fotografía: Wikipedia.

Calorías en la comida de 
la población mundial en 1961,
promedio de 2.250 kcal/día,
Wikipedia Enf. civilización

Comparativa del consumo promedio per cápita por país en kcal/día. Wikipedia "Enf. civilización".

2001-2003

 

Calorías en la comida de la población mundial, 2001-2003. Fotografía: Wikipedia.

Calorías en la comida de
la población mundial en 2001,

promedio de 2.800 kcal/día,
Wikipedia Enf. civilización

Reseña

CAMPBELL indica que ha formado parte del sistema durante casi 50 años al más alto nivel (después de todo) y describe por qué nos hallamos en la situación actual. Enumera 14 puntos importantes, entre ellos: que las sustancias químicas sintéticas presentes en el medio ambiente y en los alimentos no son las causas principales del cáncer.

Que los genes no son decisivos a la hora de determinar si se fallecerá por alguna de las diez enfermedades más frecuentes. Que depositamos la esperanza en fármacos altamente efectivos (no siempre remedios que curan) y olvidamos las soluciones eficaces. Que el control obsesivo de la ingesta de nutrientes, p. ej., los ácidos omega 3, no conducen a una buena salud.

“Los suplementos vitamínicos y de nutrientes no ofrecen protección a largo plazo contra las enfermedades. Los fármacos y la cirugía no curan las enfermedades que matan a la mayoría de los americanos. Probablemente tu médico desconoce lo que debes hacer para estar lo más sano posible”. (P. 2).

Cuatro décadas de investigación biomédica y los hallazgos de programas de laboratorio implementados durante largos años demuestran con resultados sorprendentes que una alimentación adecuada puede salvarte la vida –escribe CAMPBELL y continúa:

“El cambio en la dieta puede conseguir que los pacientes diabéticos abandonen su medicación. Las enfermedades coronarias pueden revertirse mediante meros cambios en la dieta. El cáncer de mama se relaciona con los niveles de hormonas femeninas en la sangre, determinadas por los alimentos ingeridos.

Consumir productos lácteos puede aumentar el riesgo de cáncer de próstata. Los antioxidantes presentes en frutas y hortalizas promueven un mejor rendimiento mental en la vejez. Los cálculos en los riñones se pueden prevenir mediante una dieta sana. La diabetes tipo 1, una de las enfermedades más devastadoras que puede sufrir un niño, está vinculada a los hábitos alimentarios infantiles”. (P. 3).

En base a mis propias experiencias con otras personas que decidieron modificar sus hábitos alimenticios, con mi mujer y conmigo mismo, puedo constatar la veracidad de los dos primeros y del cuarto de los puntos citados. Sería "tan sencillo". "Demasiado sencillo", replicaría no obstante la mayor parte de los médicos.
Detrás de esta reacción no se esconde en general la idea de que con ello no se gana dinero sino el desconocimiento. Los estudios de medicina no proporcionan unos conocimientos profundos sobre la nutrición. Por otro lado, los médicos suelen estar claramente influenciados por la industria de la alimentación.
Un médico consciente de sus responsabilidades, y que haya leído El Estudio de China o bien esta reseña, debería explicar al menos a sus pacientes lo que podrían hacer por su cuenta. Se trataría de un adyuvante en el tratamiento. Si, a pesar de todo, los pacientes no desean actuar en consecuencia, el médico habrá hecho todo lo posible.

Los resultados de cientos de estudios demuestran que una buena dieta es el arma más poderosa para combatir las enfermedades –señala El Estudio de China. CAMPBELL nos explica por qué la información errónea, e incluso la desinformación, se mantienen con tanta insistencia. La mitad de los estadounidenses sufre problemas de salud que requieren una receta semanal de fármacos y cien millones de norteamericanos presentan altos niveles de colesterol.

La triste vida de la mayoría de las vacas. Fotografía: Elmist, dominio público. Máquina de ordeño automático. Fotografía: Gunnar Richter, namenlos.net (CC), Wikipedia. "Fábrica de leche" para su tratamiento. Wikipedia. Fotografía: Bild Mattinbgn (CC).
Vacas en una ganadería intensiva Máquina de ordeño Tratamiento posterior

En mi opinión, creo que también nos enfrentamos a una situación similar en Europa. Este tipo de libro no llega a manos de la mayor parte de la población. Ni siquiera su información llega a la mayoría de los ciudadanos. Y si llegase, lo habitual sería negarla. Así, la información alcanza tan sólo a un parte muy reducida de la sociedad. Lo fundamental es que el lector sienta la necesidad de leer un libro de estas características, se trataría, haciendo un símil con el derecho, de una “obligación de entrega” en lugar de una “obligación de dar”. En cualquier caso, mi intención es contribuir a su difusión.

CAMPBELL escribe en la página 4: “Me limité a comer lo mismo que todo el mundo: lo que me decían que era bueno. Todos comemos lo que nos parece sabroso y práctico o lo que nuestros padres nos enseñaron a preferir”.  Se crió en una granja de vacas lecheras y la producción de leche formó parte de su vida. Su tesis doctoral en la Universidad de Cornell versó sobre los mejores métodos para lograr un crecimiento más rápido de los carneros y corderos. Pretendía ayudar a la humanidad a mejorar su salud mediante el fomento del consumo de una mayor cantidad de carne, leche y huevos.

Fue el último estudiante de doctorado del profesor Clive Maine McCay (1898-1967) (enlace en inglés). Clive McCay era famoso por sus ensayos sobre ratas que recibían menos alimentos de lo que era habitual. Estas ratas desarrollaban una vida más activa y longeva en comparación con las ratas que podían comer a voluntad. Lo mismo pudo comprobarse en los ensayos que se realizaron sobre perros. McCay falleció víctima de una grave enfermedad.

A continuación trabajó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) investigando las causas de la muerte de millones de pollos –debido a una sustancia química tóxica desconocida presente en sus alimentos– y descubrió que la razón era la dioxina (policlorodibenzofuranos y policlorodibenzodioxinas), probablemente la sustancia química más tóxica. Véase asimismo la inquietante historia del desastre de Séveso y lo que ocurrió en este sentido en Ucrania y con Víktor Yúschenko. Así es y así funciona el ser “humano”.

Tras dejar el MIT, se dedicó a investigar la prevalencia inusualmente elevada de cáncer de hígado primario entre los niños de Filipinas. Durante diez años, el objetivo principal de este programa de cooperación al desarrollo fue establecer centros educativos de autoayuda para asegurar la ingestión de una mayor cantidad de proteínas de origen animal entre la población infantil. Sin embargo, descubrió que “¡los niños cuyas dietas tenían la mayor cantidad de proteínas eran los que más posibilidades tenían de contraer cáncer de hígado!”. (P. 6).

En esta tesitura, llegó a su conocimiento la existencia de una serie de ensayos con grupos de ratas en la India. Se les administraba una sustancia cancerígena, la aflatoxina. Uno de los grupos obtenía un 20% de proteínas en los alimentos y el otro solamente un 5%, ambos con la misma cantidad de aflatoxina. ¡El grupo de ratas con un 5% de proteínas en la dieta no presentó ningún caso de cáncer! Se trataba de una información que contradecía todo lo que había aprendido antes. Este hallazgo herético se convirtió en la experiencia crucial de su vida.

Los resultados de sus posteriores ensayos durante 27 años, financiados por importantes instituciones norteamericanas, fueron revisados una segunda vez antes de aparecer en algunas de las mejores publicaciones académicas. Lo que descubrió fue impactante para la comunidad científica: una dieta baja en proteínas inhibía el desarrollo del cáncer cuando se administraba aflatoxina. Además, una vez iniciada la enfermedad, conseguía bloquear notablemente su evolución.

Determinadas proteínas no fomentaban el cáncer, pero la caseína, que supone el 87% de las proteínas de la leche de vaca, favorecía todas las fases del proceso cancerígeno. Las proteínas seguras eran las vegetales.

De nuevo puedo constatar estos descubrimientos a partir de mi propia experiencia y de la de otras personas. Me pronosticaron una esperanza de vida, en el año 1978, de 2,6 años. Para un plazo tan breve no deseaba someterme a operaciones quirúrgicas ni tampoco a una quimioterapia, sino intentar una posibilidad diferente mediante un cambio total en mi estilo de vida.

CAMPBELL concluye indicando que los límites entre política, gobierno, industria de la alimentación, empresas farmacéuticas, ciencia y medicina se han difuminado con el transcurso del tiempo. En el mejor de los casos forman una mescolanza de objetivos que tratan de obtener beneficios económicos y promover el bienestar de la sociedad. La justicia y la salud se quedan en la estacada. Y como los problemas son mucho más sutiles que la corrupción, también resultan mucho más peligrosos. “El resultado es una ingente cantidad de información errónea por la cual el consumidor promedio estadounidense paga dos veces. En primer lugar, contribuyen a que las investigaciones se lleven a cabo mediante el dinero de sus impuestos y, en segundo lugar, pagan cuidados sanitarios para tratarse de enfermedades que se hubieran podido prevenir”. (P. 9).

El Estudio de China

En realidad son las 46 páginas del capítulo “Lecciones de China” las que corresponden a lo que se conoce como El Estudio de China. En las páginas anteriores, obtenemos información interesante sobre cómo CAMPBELL llego a transformarse, haciendo referencia a un símil bíblico, de Saulo en Pablo, un cambio tan radical que pocas personas son capaces de realizar. El resto de esta primera parte se centra en los descubrimientos de El Estudio de China y los motivos por los que aún no se ha llegado a un cambio de hábitos en la práctica.

Los problemas que afrontamos, las soluciones que necesitamos (p. 13)

CAMPBELL relata brevemente su juventud en la granja, el ataque cardíaco que sufrió su padre a los 61 años y su fallecimiento a los 70 por una obturación de la arteria coronaria.

Dicho sea de paso, el Dr. Robert Atkins –el creador de la dieta Atkins basada en el consumo de carne– vivió solamente un año más que el padre de CAMPBELL. Falleció en 2003, a los 70 años de edad, como consecuencia de un ictus. Según la Wikipedia, Atkins presentaba una largo historial de enfermedades, entre ellas, un infarto de miocardio, insuficiencia cardíaca e hipertensión arterial. Su profesión: ¡cardiólogo!

CAMPBELL ilustra a través de varios gráficos que un hombre tiene un 47% de probabilidades de desarrollar cáncer y una mujer un 38%. El índice de mortalidad por este motivo se incrementó, en lugar de disminuir, entre los años 1972 y 1992, y cabe destacar un aumento del número de obesos (IMC=>30), entre 1976 y 1999, en más del doble. Sólo el coste económico anual de la diabetes se cifra en aproximadamente unos 100.000 millones de dólares. Asimismo señala que los recientes descubrimientos confirman que la enfermedad cardíaca se puede prevenir e incluso revertir mediante una dieta sana. (P. 17).

Paralelamente, los costes de la asistencia sanitaria se disparan. En los Estados Unidos alcanzaron más de un billón de dólares en el año 1997, es decir, 1.000.000 de millones de dólares ó 3.912$ per cápita. Esta cifra representaba más del doble del gasto sanitario de Japón (1.760$ per cápita), el país con mayor esperanza de vida, exceptuando países pequeños como Mónaco. En el caso de Alemania, el gasto ascendía a 2.364$ por persona.

Comparando con los datos de la OCDE del año 2009, los gastos sanitarios (enlace en alemán) per cápita ascendieron en los EE.UU. a 7.290$, en Alemania a 3.588$, en Austria a 3.763$ y en Suiza a 4.417$.

Los costes también se incrementaron considerablemente en relación con el Producto Nacional Bruto (PNB) y alcanzaron un 16%, en el año 2009, en los EE.UU. Precisamente es en este país en donde se prevé que continúen creciendo más rápidamente.

CAMPBELL nos recuerda la primera moda de promesas para perder peso de los años 1970 que comenzó con los batidos de proteínas. En muy poco tiempo fallecieron unas 60 mujeres a causa de dicha dieta (esperanza de vida). Posteriormente surgieron recomendaciones similares, como la dieta del Dr. Atkins, la “Protein Power” (el poder de la proteína) o la dieta “South Beach” (enlace en inglés), etc., que condujeron a trastornos de salud muy peligrosos. (P. 22).

El autor cita, como ejemplos adicionales de dietas sin sentido, que afectan al consumidor preocupado por una mejor alimentación, la “dieta anti-azúcar” (Sugar Busters), la “revolucionaria dieta de la zona” (The Zone) o los “grupos sanguíneos y la alimentación” (Eat Right for your Type). Se lamenta, por otro lado, que los investigadores tiendan a centrarse en los detalles –como en los “componentes alimenticios extremadamente específicos”– ignorando el contexto general. Las consecuencias son las contradicciones (falsabilidad), las dietas de moda sin sentido (Food faddism; enlace en inglés) y la confusión entre los consumidores. En su opinión, estas dietas de moda y el énfasis puesto en determinados componentes alimenticios, p. ej., la vitamina E o los suplementos de calcio, “representan lo peor de la medicina, la ciencia y de los medios de comunicación populares”.

T. COLIN CAMPBELL resalta lo siguiente: “Para demostrar que merece la pena llevar una dieta vegetariana, no me basé en ideas preconcebidas, filosóficas o cualquier otra clase de ideas. Al contrario, comencé en el extremo opuesto del espectro: como un individuo criado en una granja lechera al que le encantaba comer carne, en mi vida personal,  y como un científico que trabajaba para instituciones oficiales en mi vida profesional. Y cuando enseñaba bioquímica nutricional a alumnos que aspiraban a ser médicos, solía lamentarme de las opiniones de los vegetarianos”. (P. 24).

Gráfico del IMC para una estimación personal. Cuadro sinóptico: Jiver, dominio público. Joven obeso. Wikipedia "Obesidad". Fotografía de FatM1ke, dominio público. Cuadro comparativo de obesidad por países en 2006. Wikipedia "Obesidad". Fotografía: OgreBot (CC).
Estimación personal ¿Peso ideal en el futuro? IMC >30; cuota por país en 2006

Para el lector, puede resultar algo presuntuosa la forma en que el autor presenta sus numerosos estudios y menciona sus extraordinarias distinciones. Sin embargo, en el campo de la nutrición se acumulan tantos “especialistas” y charlatanes que tales menciones resultan imprescindibles. ¿Cómo si no podría ponderar correctamente el lector estas inhabituales y sorprendentes afirmaciones?

De todos modos, le ha faltado incluir esta explicación. A pesar de todo, estamos leyendo la obra de un reconocidísimo científico de alto nivel, cuyos hallazgos se basan en estudios de enorme amplitud. Estos se realizaron conjuntamente con dos universidades norteamericanas y con un gran número de profesores. Como autor o colaborador ha redactado 350 informes científicos que incluyen amplios estudios sobre humanos y sobre animales. La colaboración en China para la realización de El Estudio de China comenzó a principios de 1980.

CAMPBELL explica que las conclusiones de dichos estudios se enfrentan a una oposición evidente. Dado que la mayoría de los médicos no cuenta con los suficientes conocimientos en este ámbito, les resulta difícil o imposible aceptarlas, a pesar de que “existe actualmente una clara evidencia de que los problemas cardíacos, ciertos tipos de cáncer relativamente avanzados, la diabetes y algunas enfermedades degenerativas se pueden revertir mediante la dieta”.

Yo también suelo escuchar una y otra vez en boca de los médicos o de personas enfermas que una determinada enfermedad se debe a la genética. Es evidente que la predisposición genética desempeña un papel decisivo, pero también es cierto que: “Sabemos ahora que podemos evitar las enfermedades “genéticas” aunque tengamos el gen (o los genes) responsable(s) de ellas”. (P. 26).

Una forma adecuada de alimentación no sólo impide o previene las enfermedades, sino que además fomenta la salud y el bienestar físico y mental. CAMPBELL cita algunos deportistas de talla mundial, como el “Hombre de AceroDave Scott, los atletas Carl Lewis (vegano desde el año 1990) y Edwin Moses, la gran tenista Martina Navratilova, etc. También menciona a la maratonista de 68 años Ruth Heidrich. Incluyo a continuación los enlaces a la Wikipedia en idioma inglés porque ni en la alemana ni en la española se menciona que ambos deportistas son vegetarianos: Edwin Moses, Martina Navratilova. Asimismo, Ruth Heidrich aparece en la interesante lista de veganos famosos (igualmente en inglés).

Hace un siglo, el profesor Russel Henry Chittenden (1856-1943) (enlace en inglés) investigó sobre seres humanos en la Universidad de Yale si una dieta exclusivamente vegetariana afectaba a los rendimientos físicos. Obtuvo los mismos resultados que el autor en sus ensayos sobre ratas. Este último llega también a la conclusión de que menos personas se verían obligadas a permanecer hospitalizadas durante sus últimos años de vida, librando largas y costosas batallas contra sus enfermedades crónicas. Su idea principal puede resumirse así: “Es hora de (…) asumir el control de nuestra propia salud”. (P. 28).

Una casa de proteínas (p. 29)

Desde que, en 1839, el químico holandés Gerardus Johannes Mulder (enlace en inglés) descubriera que la proteína contiene nitrógeno, esta ha ocupado el lugar del más sagrado de los nutrientes. La palabra “proteios” significa también “prominente”. En el siglo XIX, la proteína se consideraba como un sinónimo de carne o de alimentos de origen animal. Este mito perdura aún, inclusive entre los médicos.

El fisiólogo alemán Carl von Voit (1831-1908) (enlace en inglés) descubrió que los seres humanos sólo necesitaban 48,5 g de proteínas al día, pero recomendó una ingesta de 118 g. Pensaba que demasiado de algo bueno nunca podía ser excesivo. ¡Qué manera de negar por ignorancia las leyes más básicas de la naturaleza!

Varios de los estudiantes de Carl von Voit siguieron sus recomendaciones sin ningún tipo de consideración crítica, entre ellos W. O. Atwater (1844-1907), director del laboratorio del USDA, que recomendó a su vez la ingesta de 125 g diarios. En la actualidad, la cantidad que se propone se cifra en menos de la mitad. Max Rubner (1854-1932) (enlace en inglés) opinaba que el consumo de mucha carne “era el derecho del hombre civilizado”.

CAMPBELL señala que las proteínas son necesarias para la vida y que una vez digeridas nos proporcionan los imprescindibles aminoácidos, que no son solamente necesarios para la formación de las nuevas células. El autor explica que en la euforia que se desató en el pasado por la calidad de la proteína, es decir, por una composición lo más parecida a la humana, la consecuencia lógica hubiese sido consumir carne humana. Naturalmente, como no podemos comportarnos como caníbales, buscamos las proteínas en los animales.

Los investigadores han puesto de relieve desde hace unos años que la proteína de origen animal –considerada como la mejor calidad de proteína (valor biológico) hasta la fecha– no es la que lleva aparejada una mejor salud, al contrario. Durante más de cien años “hemos estado atrapados en este lenguaje engañoso”.

Así menciona el autor que “existe una montaña de investigaciones muy persuasivas que demuestran que las proteínas vegetales de “baja calidad” –que son las que producen una síntesis lenta pero constante de nuevas proteínas– constituyen el tipo más sano de proteína” (…)

“Sabemos ahora que, a través de sistemas metabólicos muy complejos, el cuerpo humano puede obtener todos los aminoácidos esenciales de la variedad natural de proteínas vegetales ingerida cada día”. (P. 34).

Como es lógico, los occidentales trataron de ayudar a las personas hambrientas de los denominados países en vías de desarrollo fomentando su consumo de proteínas. El autor nos relata cómo el profesor Charlie Engel (1912-2007; su nombre real era Ruben W. Engel; ambos enlaces en inglés), que entonces era el director del Departamento de Bioquímica y Nutrición en el Virginia Tech, le invitó a participar en 1967 en un programa que consistía en “educar a las madres” en Filipinas. Como defensor convencido del consumo de carne, CAMPBELL aspiraba a proporcionar dicha educación a las madres de los niños malnutridos, en calidad de coordinador del campus en Filipinas, y no le importó pasar largas temporadas durante años en aquel país.

Los cacahuetes sirvieron como fuente de proteínas. Sin embargo, se demostró que producían cáncer hepático debido al contenido de aflatoxina presente en la crema de cacahuete. El fruto de calidad se vendía como cacahuete y presentaba unos índices de aflatoxina considerablemente menores, pero los que estaban enmohecidos se destinaban a las fábricas para producir crema de cacahuete.

Consumir crema de cacahuete se consideraba algo occidental y solamente las familias económicamente más favorecidas podían permitirse aquel “alimento especialmente saludable” para sus hijos. Esos niños fueron los que más cáncer de hígado padecieron, una enfermedad que en nuestros países no aparece antes de los 40 años.

Al mismo tiempo se realizó en la India un estudio comparativo sobre ratas para analizar la relación entre cáncer de hígado y proteína ingerida. Un grupo de ratas obtenía un 5% de proteína y el otro grupo un 20% para una misma cantidad de aflatoxina. Todas las ratas que recibieron alimentos con un 20% de proteínas desarrollaron cáncer hepático o alguna de las lesiones celulares que anuncian la enfermedad, sin embargo ninguna de las ratas del otro grupo presentó síntomas. “Nadie parecía aceptar el informe de la India”.

El autor se encontró en un vuelo con un antiguo colega del MIT, el profesor Paul Newberne, que se había dedicado a estudiar el papel de la nutrición en relación con el desarrollo del cáncer. Este rechazó categóricamente los resultados de dicho informe y afirmó que lo contrario tenía que ser cierto.

Nos explica a continuación que las “pruebas científicas” tienen diferentes efectos según se trate de la física, la medicina o la investigación de la salud (enlace en alemán).

Para la pregunta “¿caerá un balón cuando se arroja al aire?” tenemos una respuesta cien por cien correcta. Para la cuestión sobre si un fumador con un consumo de cuatro cajetillas diarias contraerá cáncer de pulmón, la respuesta sólo puede ser “posiblemente”. Las estadísticas ofrecen porcentajes, pero no establecen un pronóstico seguro para una persona –determina CAMPBELL.

Después se centra en las diferentes estrategias y posibilidades de las investigaciones. En la mayoría de los casos, los investigadores corroboran o desestiman las hipótesis a través de comparaciones, medidas y observaciones. La correlación y la causalidad son los temas decisivos. El Estudio de China se asienta sobre la relación causa-efecto, es decir, sobre la causalidad. Y lo hace desde un punto de vista global. Así, el objetivo consistía en “comprobar si existían patrones de asociación para las diferentes características de la dieta, del estilo de vida y de la enfermedad de 130 poblaciones y 6.500 adultos con sus familias en 65 condados”. (P. 43).

El autor resalta la importancia de encontrar las razones causales. Por ejemplo, en los países con más postes telefónicos hay mayor incidencia de enfermedades cardíacas. Se trata de una correlación positiva, pero no de una causalidad porque no hay relevancia. Los postes telefónicos no son una condición previa.

En El Estudio de China hay más de 8.000 correlaciones estadísticamente significativas. La significación estadística resulta de gran importancia. Cuando una investigación demuestra con un 95% de probabilidades que los resultados obtenidos no se deben al azar, entonces el hallazgo es estadísticamente significativo. Con un 99% de probabilidades se considera estadísticamente muy significativo. Conocer los mecanismos de acción refuerza la evidencia. De este modo, los resultados de otras investigaciones pueden incrementar o disminuir la fiabilidad de un hallazgo. Los meta-análisis obtenidos de múltiples estudios consiguen un incremento potencial de la seguridad.

Hamburguesa con queso, bacon y huevo "McGriddle" de McDonald's, especialmente nociva. Foto: E. Amos.

Los mayores peligros residen en las proteínas de origen animal de la carne, huevos, leche y derivados lácteos. Después, en la pasta.

Galletas Oreo (¡desde 1912!) y leche: una combinación muy poco saludable. Fotografía: Evan Amos.

Rara vez conocemos el decisivo trasfondo de este tipo de estudios o meta-estudios. Especialmente cuando existe una fuerte representación de la industria, el resultado resulta problemático. Puede estar usted casi seguro de que lo que se publica en los periódicos sensacionalistas, en las revistas de consumidores, etc. proviene de los ámbitos con intereses económicos y que solamente podemos ver una de las caras de la moneda.

Detener el desarrollo del cáncer (p. 47)

El autor describe mediante el caso del Alar –un regulador del crecimiento (enlace en alemán) con el que antes se pulverizaba los cultivos– la reacción de pánico de los norteamericanos ante las sustancias cancerígenas. A continuación enumera otros carcinógenos como el DDT, los nitritos o los edulcorantes artificiales.

Explica cómo surgen este tipo de publicaciones científicas. Un caso ilustrativo es el de los ensayos de laboratorio sobre ratas con la nitrosamina NSAR (N-nitrosarcosina). El grupo de ratas que recibió la dosis “baja” de NSAR ingirió una cantidad similar a la que usted obtendría comiendo 270.000 bocadillos, preparados con medio kilo de mortadela cada uno, durante 30 años. Sin embargo, cuando se publicaron los resultados de los ensayos, la alarma fue tan grande que el activista pro derechos de los consumidores Ralph Nader llegó a afirmar que los perritos calientes se encontraban “entre los misiles más mortales de los Estados Unidos”.

CAMPBELL pasa a explicar las tres etapas del cáncer (carcinogénesis): inicio (también en la peroxidación lipídica), desarrollo y propagación (metástasis). Los cuatro pasos de la etapa inicial del cáncer nos los muestra mediante una ilustración muy clarificadora. La aflatoxina se introduce en la célula hepática. Esta es metabolizada por una enzima que la convierte en un producto peligroso y ataca el ADN de la célula formando complejos de carcinógenos-ADN. En la mayoría de los casos, los aductos carcinógenos del ácido desoxirribonucleico (ADN) se reparan, pero si no sucede así las células mutadas comienzan a multiplicarse.

El objetivo de uno de sus ensayos consistía en estudiar la enzima MFO (enlace en inglés), oxidasa de función mixta, que es una enzima muy compleja capaz de metabolizar diferentes sustancias químicas como catalizadora. Paradójicamente, ayuda tanto a desintoxicar como a activar la aflatoxina en metabolitos de aflatoxina. La mera modificación de la cantidad de proteínas ingerida transforma considerablemente la actividad enzimática (actividad catalizadora).

Los experimentos de Rachel Preston demostraron que con un consumo de un 5% de proteínas de la leche (caseína) en el total de la alimentación, en lugar de un 20%, los aductos ADN-aflatoxina disminuían notablemente. Los resultados fueron los siguientes: “Una menor cantidad de aflatoxina penetraba en la célula; las células se multiplicaban más lentamente; en el complejo enzimático se producían múltiples cambios que reducían su actividad; la cantidad de componentes esenciales de las enzimas relevantes se reducían; se formaban menos aductos ADN-aflatoxina”. Conclusión: “Una menor ingesta de proteínas reducía de manera notoria la formación inicial de un tumor”. (P. 59).

Estos hallazgos confirmaban los resultados del estudio de la India que no fueron tomados en serio. Scott Appleton y George Dunaif realizaron una investigación sobre los focos cancerosos, es decir, los pequeños grupos microscópicos de células consideradas precursoras de los tumores. Descubrieron que, a pesar de una dosis varias veces más elevada de aflatoxina, con un 5% de proteínas los focos se desarrollaban sustancialmente menos que con un 20% de proteínas y menor cantidad de aflatoxina.

Los estudios de Linda Youngman demostraron que el desarrollo posterior de los focos se podía cambiar modificando la cantidad de proteínas consumidas. Un proceso cancerígeno detenido mediante un menor consumo de proteínas puede desarrollarse posteriormente si se incrementa dicho consumo, sin necesidad de ingerir aflatoxina. Los focos funcionan en este sentido como una memoria. Con un contenido en la dieta por encima del 10% de proteínas, el desarrollo de los focos aumentaba drásticamente a medida que se incrementaba el porcentaje de proteínas. El profesor japonés que les visitó más adelante en el laboratorio, Fumiyiki Horio, llegó a los mismos resultados.

Un 10% de proteínas es una cifra considerablemente superior a la cantidad que necesita un ser humano, pero este porcentaje cubre también todas las excepciones que pueden darse de un individuo a otro. Por encima de un 10%, los efectos son perjudiciales. Sin embargo, los norteamericanos consumen entre un 15 y un 16% de proteínas. Por ejemplo, un filete de costilla "T-bone" o "Porterhouse" de 45 g contiene alrededor de 13 g de proteínas.

Un filete "Porterhouse" pesa entre 700 y 1000 g. Fotografía en Wikipedia de Thiago R. Ramos.

Un filete “Porterhouse” pesa entre 700 y 1.000 g y tiene un grosor de 6 cm, el “T-bone” pesa unos 600 g y su grosor es de 4 cm.

El hueso se incluye en el peso, lo que supone que para un peso neto de 500 g “sólo” contiene 650 kcal ó 2.720 kJ. A esto se añade una carga proteínica de origen animal de 112 g y 22 g de grasas “malas”. Los 350 mg de colesterol constituyen un problema mayor a largo plazo.

Fotografía de Thiago R. Ramos en Wikipedia.

Después de estos hallazgos, CAMPBELL encargó a David Schulsinger que investigara si la proteína vegetal producía los mismos efectos. No: la proteína de origen vegetal no favorece el cáncer, en cambio la proteína de la leche de vaca sí lo hace.

Los mismos resultados se obtuvieron con cánceres ya desarrollados. El crecimiento se redujo entre un 35 y un 40% con dosis reducidas de proteína de la leche. Si los animales recibían un 5% de proteína sobrevivían hasta una edad avanzada sin cáncer, a pesar de recibir cantidades elevadas de aflatoxina, y esto ocurría en un 100% de los casos. Todos los que recibieron un 20% de proteínas de la leche murieron. Evidentemente, en el libro se describen estos ensayos de forma mucho más extensa y detallada.

Las personas con una infección crónica producida por el virus de la hepatitis B (VHB) presentan entre 30 y 40 veces más riesgo de desarrollar un cáncer de hígado (en el original en inglés "entre 20 y 40 veces", p. 69). Para estudiar el mecanismo por el cual este virus causa cáncer hepático, los investigadores trabajaron con ratones transgénicos cuyo hígado contenía dicho virus. CAMPBELL encargó a su alumno Jifan Hu, al que posteriormente se unió el doctor Zhiqiang Cheng, el estudio de este cáncer en los ratones. Ambos trabajaron con dos “razas” diferentes de ratones transgénicos. La caseína produjo los mismos resultados. Los detalles de estos ensayos se pueden consultar en la página 71 del libro, incluidas las fotografías de los tejidos. Más adelante, el autor explica por qué estos resultados son especialmente relevantes para el ser humano.

Tom O’Connor y Youping He investigaron los efectos de la proteína derivada del pescado, de las grasas de la dieta y de los carotenoides en relación con el desarrollo de cáncer de hígado y de páncreas, y determinaron que “la nutrición era mucho más importante para controlar el desarrollo del cáncer que la dosis inicial del carcinógeno administrado”.

La conclusión de estos estudios fue que “los nutrientes incluidos en los alimentos de origen animal aumentaban el desarrollo del tumor mientras que los nutrientes de los de origen vegetal reducían su evolución”. Otros equipos de científicos llegaron a idénticos resultados en sus investigaciones sobre la relación entre cáncer de mama y diferentes carcinógenos. (P. 74).

La gran cuestión era saber si las evidencias experimentales logradas en animales podían considerarse generales y aplicables a los seres humanos. Faltaba una gran investigación con personas. El doctor Junshi Chen de China lo hizo posible en el año 1980. De ahí surgió más tarde El Estudio de China.

Lecciones de China (p. 76)

En 1973, al primer ministro de China, Zhou Enlai (1898-1976), le fue diagnosticado un cáncer. En esta tesitura decidió poner en marcha un estudio a nivel nacional sobre la incidencia de 12 tipos diferentes de cáncer en más de 2.400 condados chinos y 880 millones (96%) de sus habitantes. Se trataba del proyecto biomédico más ambicioso jamás realizado, en el que participaron 650.000 personas. El resultado final fue un atlas que mostraba enormes diferencias en relación con el cáncer según las regiones y los estilos de vida. En algunas zonas existían índices de cáncer 100 veces superiores a los que se daban en otras regiones. En los Estados Unidos la relación es solamente de 1 a 3 según los estados. En cifras totales, la incidencia del cáncer en China era considerablemente menor que en los Estados Unidos.

CAMPBELL resalta la talla excepcional del equipo que participó en un estudio que se realizó de forma conjunta, es decir, El Estudio de China: el doctor Junshi Chen, director adjunto del mejor laboratorio estatal de investigación sobre dieta y salud de toda China; Junyao Li, uno de los autores del estudio del atlas del cáncer; Richard Peto de la Universidad de Oxford (Reino Unido), considerado uno de los más prestigiosos epidemiólogos del mundo; y T. COLIN CAMPBELL, como director del proyecto.

El equipo tuvo acceso a los datos sobre mortalidad de más de cuatro docenas de enfermedades, como diferentes tipos de cáncer, enfermedades cardíacas, infecciosas, etc. Realizaron pruebas de sangre y de orina a 6.500 adultos, así como mediciones directas de todos los alimentos que consumían las familias durante tres días.

Asimismo, el equipo analizó muestras de alimentos de los mercados de todo el país. Los condados seleccionados para el estudio se encontraban en las zonas rurales –con el fin de estudiar a personas que, en general, habían vivido en la misma región y que mantenían unos mismos hábitos alimenticios– y esta decisión otorgó un valor excepcional al estudio. Este logró establecer “más de 8.000 asociaciones estadísticamente significativas entre las variables estilo de vida, dieta y enfermedad”. (P. 80).

Las diferencias entre los hábitos alimenticios en China y en los Estados Unidos son enormes. La población rural china, que efectuaba un mayor trabajo físico, ingería para un peso medio estándar de 65 kg 2.641 kcal/día. En los EE.UU. la media se situaba en 1.989 kcal/día. Para un peso promedio norteamericano de 77 kg alcanzaba así 2.400 kcal/día y para un chino de 77 kg unas 3.000 kcal/día.

Plato de arroz al curry y hojas de quínoa en comparación con una comida occidental. Foto: Xufanc.

Diferencias de los contenidos de la dieta China/EE.UU.:
Total de grasas (% de calorías): China 14,5 y EE.UU. 34-38
Fibra en la dieta (g/día): 33 y 12
Total de proteínas (g/día): 64 y 91
Proteínas animales (% de calorías): 0,8 y 10-11
Total de hierro (mg/día): 34 y 18.

Plato de arroz al curry y hojas de quínoa en comparación con una comida occidental. Fotografía de Xufanc.

Las diferencias en el patrón alimentario también eran muy elevadas dentro de China y en relación con los promedios de las diferentes regiones. Se trataba de un factor relevante a la hora de establecer los efectos de la dieta y la correlación con las enfermedades de un modo significativo. Así, por ejemplo, las cantidades de betacarotenos en sangre se multiplicaban por nueve, los lípidos en sangre (lipoproteínas) por tres, la ingesta de grasas por seis y el colesterol en sangre casi se duplicaba.

“Los medios de comunicación consideraron que El Estudio de China marcaba un hito”. Los investigadores compararon unas dietas más o menos basadas en alimentos vegetales, pero todas ellas mucho más ricas en vegetales que las formas de alimentación occidentales. Por el contrario, los estudios occidentales establecían comparaciones sólo entre dietas occidentales, es decir, con mayor o menor porcentaje de proteínas de origen animal, pero siendo este porcentaje siempre elevado.

Si en Occidente, la mayoría de nuestras enfermedades se derivan de la riqueza, en China procedían de la pobreza y son muy diferentes del cáncer, la diabetes y las cardiopatías. En el caso de no tratarse, conducen a una esperanza de vida inferior a la de los occidentales.

CAMPBELL escribe lo siguiente: “Jamás he pretendido gozar de buena salud con la esperanza de ser inmortal. Tener buena salud significa ser capaz de disfrutar plenamente del tiempo que disponemos. Quiere decir gozar del mejor estado posible a lo largo de nuestra vida y evitar penosas y prolongadas batallas con la enfermedad”. (P. 83).

Al cotejar los motivos de fallecimientos –realizando comparaciones estandarizadas por edad– entre países industrializados y no industrializados, se observa que las cardiopatías coronarias y el cáncer de mama son más frecuentes en Occidente. Estas “enfermedades occidentales” son las que el autor denomina “enfermedades derivadas de la extravagancia nutricional”.

Existen dos categorías principales de colesterol. El que se produce por síntesis propia, que cubre las necesidades de la persona, y el que se ingiere a través de alimentos de origen animal. En general, las tasas de colesterol son considerablemente menores si no hay ingesta de alimentos de origen animal. El nivel de colesterol es un extraordinario indicador de cardiopatías futuras.

La biosíntesis del colesterol se produce en el hígado, pero también en el intestino y la piel (a través de eucariontes) a partir de sustancias simples. El libro “Taschenatlas der Ernährung” (Atlas de bolsillo de la nutrición) de Biesalski/Grimm menciona lo siguiente: "Cuando la ingesta de colesterol es reducida, algo que se produce solamente con un régimen dietético estricto, la aportación de colesterol procedente de los alimentos en relación con el colesterol total es muy bajo (…) y supone (…) sólo un 10-15% de la cantidad diaria. Al mismo tiempo, el nivel de colesterol en plasma y los receptores de LDL (responsables de la absorción celular) se mantienen en un 'steady state' ". (Estado de equilibrio).

"Existe en realidad un subgrupo de la población (aprox. un 20-25%) que reacciona de forma “patológica” ante el colesterol exógeno". El proceso interno de la homeostasis del colesterol no es capaz de equilibrarlo.

El nivel de colesterol en sangre promedio en China era de 127 mg/dl y en los EE.UU. ascendía a 215 mg/dl. En China había zonas con índices elevados y otros con valores muy reducidos. Uno de los condados registraba un nivel medio de 94 mg/dl y dos grupos de mujeres jóvenes presentaban índices de 80 mg/dl. En los Estados Unidos existía un mito según el cual ¡podían surgir problemas de salud con un colesterol por debajo de los 150 mg/dl!

Los datos de los condados de China presentaban una elevada correlación: “A medida que los niveles de colesterol en sangre bajaban de 170 mg/dl (¡sic!) a 90 mg/dl, disminuía la incidencia de cáncer de hígado, de recto, de colon, de pulmón, tanto en hombres como en mujeres, de mama, de leucemia infantil y adulta, de cáncer cerebral infantil y en adultos, de estómago y de esófago (garganta)”. (…) “La tasa de mortalidad por enfermedades coronarias era diecisiete veces superior entre los hombres estadounidenses que entre los hombres chinos que vivían en zonas rurales”. (P. 87).

Los elevados niveles de colesterol en sangre favorecían la aparición de enfermedades coronarias –esto era algo conocido–, pero también provocaban con frecuencia el desarrollo del cáncer. Tres reconocidos médicos e investigadores de enfermedades cardíacas, los doctores Bill Castelli, Bill Roberts y Caldwell Esselstyn Jr. (enlace en inglés) confirmaron a COLIN CAMPBELL que nunca habían visto que ningún paciente con niveles de colesterol en sangre inferiores a 150 mg/dl falleciera por causa de una enfermedad cardíaca. Véase en este sentido la publicación sobre colesterol en la Wikipedia. “El doctor Castelli fue durante mucho tiempo el director del famoso Estudio del corazón de Framingham (enlace en inglés), del Instituto Nacional de la Salud; el doctor Esselstyn era un prestigioso cirujano de la clínica Cleveland (enlace en inglés), autor de un notable estudio sobre la remisión de las enfermedades cardíacas (…); y el doctor Roberts había sido durante mucho tiempo el editor del periódico médico Cardiology”. Castelli utilizó la técnica de los estudios de cohorte. (P. 88).

Si las grasas saturadas y el colesterol ingeridos a través de la alimentación aumentan levemente los niveles de colesterol en sangre, son las proteínas de origen animal las que lo incrementan fuertemente. En contraste, los alimentos vegetales “de diversas formas ayudan a reducir la cantidad de colesterol producida por el cuerpo”. (…) “En las regiones rurales de China, la ingesta de proteínas animales (para el mismo individuo) es de un promedio de solo 7,1 gr/día, mientras que en Estados Unidos la media asciende a nada menos que 70 gr/día”.

Pero incluso en China, con una ingesta tan reducida de proteínas, se detectaron las mismas diferencias en las zonas con mayor consumo de alimentos de origen animal, si bien es cierto que muy por debajo de los estándares occidentales.

CAMPBELL explica en las páginas siguientes la influencia de las grasas sobre la salud. Describe, desde un punto de vista histórico, los motivos por los que consumimos demasiadas grasas “malas”. Su conclusión es la siguiente: “La correlación entre ingesta de grasas e ingesta de proteínas animales supera el 90%”. (P. 92).

Las investigaciones del profesor Kenneth K. Carroll (1923-1998), de la Universidad de Ontario Occidental en Canadá (enlace en inglés), revelaron “una importante relación entre la grasa presente en la dieta y el cáncer de mama”. Ken Carroll también es conocido por comparar sus hallazgos con los estudios sobre migraciones para demostrar que la herencia genética no era relevante en dichos resultados. Sir Richard Doll y Sir Richard Peto (ambos enlaces en inglés), de la Universidad de Oxford (Reino Unido), elaboraron un informe que concluía que “solo entre un 2 y un 3% de todos los tipos de cáncer podía atribuirse a los genes”. (P. 94).

El JN, “The Journal of Nutrition”, una institución norteamericana de nutrición, dedica un reconocimiento a Ken (abr.) o Kenneth K. Carrol. Este profesor colaboró igualmente en la creación de un método para aprender chino, el “ChinesePod”, un sistema de aprendizaje para personas ocupadas, “Chinese learning for busy people”. (Todos los enlaces de este apartado están en inglés).

El porcentaje de grasas en la alimentación de la población china suponía un 14,5% del total de calorías y variaba según las regiones entre un 6 y un 24%, en comparación con el promedio norteamericano que ascendía a un 36%. Al contrario de lo que sucede en los EE.UU., la industria china (todavía) no se “ocupa” de introducir grasas en los alimentos. La cantidad de grasa de la dieta china procedía casi por completo de los alimentos de origen animal.

CAMPBELL destaca que la menarquía entre las jóvenes chinas se producía entre los 15 y los 19 años, es decir, como media a los 17 años, mientras que en los EE.UU. aparecía ¡a los 11 años! Se centra en las consecuencias de una menarquía precoz y llega a la conclusión de que las niñas deberían recibir una alimentación con bajos niveles de productos de origen animal, esto es, un consumo de leche y carne lo más reducido posible. La razón es que una menarquía precoz presenta grandes inconvenientes para la salud, una serie de desventajas que el autor documenta en su libro.

A continuación, CAMPBELL hace hincapié en la importancia de la fibra alimentaria. La fibra se encuentra exclusivamente en los alimentos de origen vegetal y se compone de complejas moléculas de hidratos de carbono. Algunas tienen la propiedad de extraer agua del organismo y recogen las sustancias químicas perjudiciales como si fuesen un papel adhesivo. Asimismo, disminuyen la densidad calórica de nuestra alimentación y generan una sensación de saciedad.

Denis Parsons Burkitt (enlace en inglés) del Trinity College de Dublín, especialista en medicina tropical, se dedicó fundamentalmente al estudio y publicación de las ventajas de la fibra en la dieta. Recibió, entre otros, el premio Bower Award (enlace en alemán). Ya era algo conocido, desde hace unos 200 años, que una alimentación pobre en fibra conduce a un mayor riesgo de padecer cáncer, sobre todo de mama y de origen intestinal.

La discutida tesis relacionada con la disminución de la absorción de hierro, producida por el consumo de fibra alimentaria, se demostró incorrecta durante el estudio realizado en China. La ingesta de hierro en China resultó extraordinariamente elevada con 34 mg diarios, suministrados por el trigo y el maíz, aunque no por el arroz descascarillado. En los Estados Unidos la media era de 18 mg diarios.

CAMPBELL pasa a comentar el significado de la amplia gama de colores de las frutas y verduras. Estos colores se deben a los antioxidantes y son de enorme importancia para nuestra salud. El autor presenta y explica, de una forma muy sencilla, las relaciones y las causas de que las plantas posean una elevada cantidad de antioxidantes, así como los efectos que producen sobre nosotros. En este sentido, cita como ejemplos los diferentes carotenoides –de los que existen cientos–, p. ej., el betacaroteno de las calabazas, el licopeno de los tomates y las criptoxantinas y el ácido ascórbico (vitamina C) de las naranjas. Asimismo, enumera las enfermedades que aparecen en las zonas con mayor consumo de productos de origen animal: cáncer de esófago, leucemia, cáncer nasofaríngeo, de mama, de estómago, de hígado, de recto, de colon y de pulmón.

Igualmente menciona el efecto de un elevado consumo de fruta en la disminución de las enfermedades cardiovasculares, las cardiopatías hipertensivas y los ictus, gracias al alto contenido natural en vitamina C de las frutas. (P. 104).

Con el título “La crisis de Atkins”, CAMPBELL lanza una crítica muy bien argumentada contra el Dr. Atkins. Esclarece el sinsentido de la “dieta baja en carbohidratos” que se ha puesto tan de moda. De acuerdo con un informe que resume las estadísticas sobre alimentación del gobierno, los norteamericanos consumieron, en 1997, 5,90 kilos más de grasas y aceites por persona que en el año 1970, por lo que el consumo subió de 23,90 a 29,80 kilos. Debido al enorme incremento de la cantidad total de alimentos consumidos, la parte porcentual ha disminuido levemente. La causa del aumento de dicha cantidad es el consumo de más “comida basura” azucarada.

El autor describe determinados libros sobre nutrición que se han convertido en populares “como una grave ignorancia o como un engaño oportunista”. Su popularidad se debe a que las personas realmente pierden peso a corto plazo al consumir tanta carne. Algo que no resulta sorprendente si sólo ingieren 1.450 kcal diarias en lugar de las 2.250 habituales.

En un estudio sobre la dieta financiado por el propio Atkins, un 68% de las personas sufrieron estreñimiento, 63% problemas respiratorios (en el original en inglés se refiere a "halitosis"), 51% dolores de cabeza, etc. Además, un 53% de los participantes registraron un aumento considerable de la cantidad de calcio excretada por la orina, lo que puede representar un grave perjuicio para la salud de los huesos.

Igualmente insana es la elevada pérdida inicial de líquidos. Un grupo de investigadores australianos concluyeron lo siguiente: “Existen varias complicaciones que pueden estar vinculadas a una ingesta restringida de carbohidratos a largo plazo, entre ellas las arritmias cardíacas, el deterioro de la función contráctil del corazón, la muerte súbita, la osteoporosis, la disfunción renal, un mayor riesgo de contraer cáncer, el deterioro de la actividad física y ciertas irregularidades relacionadas con los lípidos”. (P. 108).

En el caso de la dieta Atkins, este afirma que muchos de sus pacientes “toman más de treinta píldoras de vitaminas al día”. CAMPBELL cierra el tema Atkins diciendo: “Aquí vemos el poder del marketing moderno: un hombre obeso, aquejado de una enfermedad cardíaca y con presión sanguínea alta se convierte en uno de los embaucadores más ricos vendiendo una dieta que promete ayudarte a perder peso, mantener sano tu corazón y normalizar tu tensión sanguínea”.

Evidentemente, en la cuestión sobre los hidratos de carbono debe diferenciarse entre los que proceden de la fruta, la verdura y los cereales no refinados, ingeridos en su estado natural, y los carbohidratos simples altamente refinados, que resultan perjudiciales. En los países industrializados, las personas consumen fundamentalmente hidratos de carbono refinados, lo que constituye el principal problema. A lo que se añade la popularidad de la lechuga, una de las verduras más consumidas y con menos nutrientes.

El autor menciona, como los grandes pecados de la alimentación occidental, la comida basura con mucha fructosa, la pasta elaborada con harina refinada, las patatas fritas de bolsa, los refrescos, los cereales azucarados y las barritas de bajo contenido en grasas.

A continuación, CAMPBELL se centra en algunas diferencias entre China y los Estados Unidos como, por ejemplo, que “la ingesta media de calorías, por kilogramo de peso corporal, era un 30% superior entre los chinos menos activos que entre los estadounidenses medios. Sin embargo, el peso corporal era un 20% inferior”.

Describe el motivo por el cual no debe buscarse la explicación en, p. ej., un “metabolismo acelerado”, sino en la diferente composición de la dieta y en una mayor actividad física. Alude, por ejemplo, a que muchos chinos utilizan la bicicleta para ir al trabajo. Lamenta que, a pesar de los hallazgos de El Estudio de China, el gobierno del país recomiende una dieta más rica en proteínas de origen animal para que sus ciudadanos sean más altos y pesados. China apoya la industria de los lácteos y repite los mismos errores de Occidente. (P. 114).

El problema a la hora de estudiar el volumen corporal es también la existencia de la malnutrición extrema, la variedad alimenticia insuficiente, la falta de calidad de los alimentos, las enfermedades parasitarias, las enfermedades infantiles y la tuberculosis. Todo esto se produce cuando las condiciones del sistema sanitario de un país son deficientes.

En El Estudio de China se observó una infección crónica del virus de la hepatitis B (VBH). En algunas regiones, la mitad de la población estaba afectada por este virus, en comparación con el 0,2 – 0,3% de la población norteamericana. Los índices de cáncer de hígado también eran muy elevados. Esto sucedía en las regiones con mayor consumo de caseína o de carne, ¡al igual que en los ensayos realizados sobre animales!

La conclusión es la siguiente: “La caseína y muy probablemente todas las proteínas animales pueden ser las sustancias cancerígenas más importantes que consumimos”. (P. 116).

CAMPBELL tuvo que enfrentarse con frecuencia a la antigua teoría que defendía que la investigación debe centrarse en sustancias aisladas como, por ejemplo, los efectos del selenio sobre el cáncer de mama. Según su opinión, “todos los nutrientes de los alimentos trabajan en conjunto para crear la salud o la enfermedad. Cuanto más pensamos que una sola sustancia química caracteriza a un alimento en su totalidad, más nos desviamos hacia la idiotez”. (P. 118).

Asimismo, es importante la siguiente afirmación: “Lamentablemente, también es ‘normal’ padecer una afección cardíaca en Estados Unidos. Con el paso de los años, se han establecido normas que coinciden con lo que vemos en Occidente. Como tendemos a creer que la experiencia norteamericana es la correcta, solemos considerar que sus valores son ‘normales’ ”. (P. 120).

El autor señala, al final de este capítulo, que dejó de comer carne hace 15 años y que algo más tarde abandonó casi todos los alimentos de origen animal. Sus niveles de colesterol en sangre se han reducido, a pesar de haberse hecho mayor, y se encuentra en mejor forma que cuando tenía 25 años. Ahora pesa 20 kilos menos que cuando tenía 30 años y su peso es el ideal para su altura. Todo esto después de haber sido un niño que bebía dos litros de leche al día y un joven profesional que se burlaba de los vegetarianos, nos confiesa.

Enfermedades asociadas al bienestar económico

En esta segunda parte del libro descubrimos datos específicos sobre algunas de las diferentes enfermedades de la civilización, también denominadas enfermedades del estilo de vida o del progreso. Se refieren a las enfermedades que se desencadenan en los países industrializados debido al estilo de vida, a los comportamientos y a los factores medioambientales. Las conquistas de la civilización, es decir, la mejora en la higiene, el progreso de la medicina en la prevención de las enfermedades (p. ej. vacunaciones) y en las terapias (p. ej. tratamientos antibióticos), así como un acceso seguro a la alimentación, son el aspecto positivo de la civilización actual en relación con la salud.

Corazones rotos (p. 127)

CAMPBELL nos recuerda que cada día 3.000 estadounidenses sufren un ataque cardíaco, casi el mismo número de personas que fallecieron en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center, WTC, (p. 127). En la página 141 añade que diariamente fallecen 2.000 personas en los Estados Unidos debido a afecciones cardíacas. Se trata de datos del instituto National Heart, Lung, and Blood Institute (enlace en inglés) en “Morbidity and Mortality: 2002 Chart Book on Cardiovascular, Lung, and Blood Diseases”.

En 1953, al final de la guerra de Corea, se publicó un estudio realizado por investigadores médicos que habían examinado el corazón de 300 de los soldados fallecidos. Estos tenían una media de edad de 22 años y en un 77,3% de los casos presentaban claras evidencias de enfermedades cardíacas. Nunca se les había diagnosticado, o habían sufrido, ningún problema cardíaco.

El autor explica a continuación las relaciones entre la placa arterial (arteriosclerosis) y las ramas colaterales que forma el cuerpo para mantener en la medida de lo posible el flujo sanguíneo. Unos 15 corazones de los citados soldados tenían tanta placa acumulada que había obstruido el 90% de al menos una de sus arterias. Sin embargo, no es frecuente que una acumulación tan elevada produzca un ataque al corazón, más peligrosas son las que ocluyen menos de un 50% de la arteria. En estos casos, la cápsula de las placas puede romperse y producir trombos. (P. 129).

Posteriormente, CAMPBELL presenta datos del importante Estudio del corazón de Framingham. Los investigadores observaron que en los hombres con niveles de colesterol superiores a 244 mg/dl la incidencia de la enfermedad cardíaca coronaria era más de tres veces superior que en los casos con niveles inferiores a 210 mg/dl.

Ilustración esquemática de un corazón humano. Wikipedia "Corazón". Fotografía: Jakov/Yaddah (CC).

Wikipedia, Corazón, de Jakov/Yaddah.

Vena cava superior - Vena Cava superior
Arterias pulmonares - Arteriae pulmonales
Venas pulmonares - Venae pulmonales
Válvula mitral - Valva mitralis
Válvula de la aorta - Valva aortae
Ventrículo izquierdo - Ventriculus sinister
Ventrículo derecho - Ventriculus dexter
Aurícula izquierda - Atrium sinistrum
Aurícula derecha - Atrium dextrum
Aorta - Aorta
Válvula del tronco pulmonar - Valva trunci pulmonalis
Válvula tricúspide - Valva tricuspidalis
Vena cava inferior - Vena Cava inferior

Los valores se obtienen mediante un perfil lipídico (lípidos). Los resultados se expresan en mmol/L. El colesterol (CT) debe ser <5.0, los triglicéridos (TG) <2.0 y el colesterol-HDL (HDL-C) >1.0. HDL se refiere a "High Density Lipoprotein" (lipoproteína de alta densidad).

Para el colesterol total, LDL o HDL, 100 mg/dl corresponden a 2,6 mmol/l, o al contrario, 1 mmol/l a 39 mg/dl. Para los triglicéridos, el cálculo es 100 mg/dl corresponden a 1,1 mmol/l ó 1 mmol/l corresponden a 88 mg/dl.

Se sabe desde hace tiempo que, por ejemplo, los hombres de origen japonés que residen en Hawái o California presentan unos niveles de colesterol en sangre mucho más elevados que aquellos que viven en Japón. En 1946, el doctor en medicina Lester Morrison, de Los Ángeles, realizó un estudio sobre más de 100 personas que habían sobrevivido a un infarto. El médico indicó a la mitad de ellos que mantuvieran su dieta habitual y pidió a la otra mitad que redujera considerablemente su consumo de carne. Transcurridos ocho años, vivía aún un 24% del primer grupo y un 56% del segundo. Al cabo de doce años, todos los del primer grupo habían fallecido, mientras que del otro sobrevivía el 38%.

Otro equipo de investigadores en el norte de California efectuó un estudio similar con un mayor número de personas que padecían enfermedades cardiovasculares avanzadas. Les fue administrada una dieta muy baja en grasas y colesterol. El índice de mortalidad de aquellos pacientes que siguieron la dieta fue cuatro veces inferior al de aquellos que decidieron no adoptarla.

El resultado de diferentes estudios refleja que “consumir proteínas vegetales es aún más eficaz para reducir los niveles de colesterol que disminuir la ingesta de alimentos ricos en grasa o en colesterol”.

La batalla entre los defensores del estatus quo y los defensores de la prevención mediante un mayor conocimiento de los efectos de la alimentación continúa. Se sigue utilizando la cirugía y los medicamentos. Evidentemente son necesarios, pero ¿y la prevención? Durante decenas de años, el “establishment” no sólo no ha aplicado los nuevos hallazgos en el campo de la nutrición, sino que además los ha negado.

Y esto ocurre a pesar de estudios tan relevantes como los del Dr. Caldwell B. Esselstyn Jr. en el centro médico para afecciones cardíacas de Cleveland. En el año 1985, el doctor comenzó un estudio con 18 pacientes que, entre todos, habían sufrido 49 eventos coronarios, como anginas de pecho, baipases, infartos agudos de miocardio, derrames cerebrales y angioplastias. Al inicio de la investigación, el nivel medio de colesterol era de 246 mg/dl. Esselstyn se reunía con sus pacientes cada 14 días para hacerles análisis de sangre y otras pruebas, así como para conversar con ellos sobre el proceso. Pronto, el nivel medio de colesterol se redujo a 132 mg/dl. Y, sobre todo, los niveles del colesterol LDL descendieron radicalmente. “Durante los once años siguientes, solo se produjo 1 evento coronario entre los 18 pacientes que seguían la dieta. Este único evento le ocurrió a un paciente que abandonó la dieta durante dos años. Después de cambiar su alimentación, experimentó dolor de pecho (angina) y decidió retomar la saludable dieta vegetariana”. Desde entonces no volvió a padecer más episodios.

El 70% de los pacientes de Esselstyn se habían sometido a una operación para abrir las arterias que tenían obstruidas. CAMPBELL incluye una imagen (angiografía) de la arteria coronaria con estenosis (estrechamiento) de un paciente, antes y después de adoptar el programa de alimentación vegetariana. La imagen muestra diferencias muy evidentes. (P. 147).

De los 18 pacientes que participaron en el citado estudio durante 17 años, vivían, en el año 2003, todos menos uno y estaban a punto de cumplir los setenta y los ochenta años.

El Dr. Dean Ornish (enlace en inglés), graduado en la facultad de medicina de Harvard, obtuvo resultados similares en sus investigaciones. En su estudio sobre el estilo de vida “Lifestyle Heart Trial” sometió a 28 pacientes a un cambio de dieta que excluía el consumo de alimentos de origen animal, salvo una clara de huevo y una taza de leche o un yogur desnatados al día. Paralelamente, debían practicar una hora semanal de métodos para controlar el estrés y tres horas semanales de ejercicio físico.

Al cabo de un año, el índice de colesterol disminuyó de los 227 mg/dl iniciales a 172 mg/dl y el colesterol LDL de 152 mg/dl a 95 mg/dl. La frecuencia, duración y gravedad de sus dolores de pecho (angina de pecho) se redujeron notablemente. No todos los participantes siguieron el programa tan estrictamente, pero los que sí lo hicieron pudieron comprobar que las obstrucciones de sus arterias habían disminuido en más de un 4%. El grupo de control que recibió los cuidados convencionales pudo observar un aumento de un 8% de sus bloqueos arteriales.

En el grupo experimental la frecuencia del dolor de pecho disminuyó en un 91% y en el de control empeoró en un 165%. (P. 149).

“Desde 1998, casi 200 personas han participado en el Proyecto del Estilo de Vida y los resultados han sido espectaculares. Tras un año de tratamiento, el 65% de los pacientes se libraron del dolor de pecho. Y, además, el efecto fue duradero. Al cabo de tres años, el síntoma no volvió a manifestarse en más del 60% de ellos”.

CAMPBELL señala que el 35% de los infartos se producen en los Estados Unidos en personas con unos índices de colesterol entre los 150 y 200 mg/dl. Esto significa, por otro lado, que el 65% de los pacientes presenta unos valores superiores a 200 mg/dl, es decir, que sobrepasan los 5,2 mmol/l. Un nivel de colesterol realmente seguro se situaría por debajo de los 150 mg/dl ó 3,9 mmol/l. Las grasas no deben suponer tampoco más del 10% de la ingesta total de calorías.

La obesidad (p. 154)

El siguiente problema de nuestra forma de alimentación occidental es el aumento de peso. Para un IMC superior a 25 se habla de sobrepeso y cuando es superior a 30 de obesidad. En los Estados Unidos, aproximadamente un 15% de los niños y jóvenes entre los 6 y los 19 años tienen sobrepeso y “otro 15% corre el riesgo de padecer este problema”.

CAMPBELL describe las consecuencias entre los adultos. Igualmente indica que el coste de los tratamientos ascendió en el año 1999 a 70.000 millones de dólares y en el año 2000 a 100.000 millones. En estos importes no se incluyen los 30.000-40.000 millones de dólares destinados a la prevención.

Pone de relieve que, en los estudios realizados, los vegetarianos y los veganos pesaban de media entre 3 y 14 kilos menos. En un estudio de intervención independiente se recomendó a los participantes que consumieran la cantidad de alimentos de origen vegetal integrales que quisieran con la condición de que fuesen bajos en grasas. En tres semanas habían perdido una media de 7,7 kilos. En el Centro Pritkin, los 4.500 pacientes obtuvieron resultados similares. Perdieron un 5,5% de su peso corporal al cabo de tres semanas. (P. 158).

Otro estudio de intervención muestra un resultado de 11 kilos de pérdida de peso en un año. Sin embargo, no se logra adelgazar con estas dietas cuando se incluyen demasiadas golosinas, pasta, etc. El autor indica lo siguiente:

“Algunos se hacen vegetarianos, pero reemplazan la carne por productos lácteos, aceites añadidos y carbohidratos refinados, incluyendo pasta hecha con cereales refinados, golosinas y pasteles. A dichas personas las denomino “vegetarianos de comida basura”, porque su dieta no es nutritiva ni equilibrada”. (P. 159).

En este contexto menciona también la actividad física regular. Además, en relación con la termogénesis, es decir, la producción de calor corporal, resalta que el metabolismo de los vegetarianos quema más calorías en estado de reposo. En cambio, no comenta nada sobre el consumo de energía durante la digestión de quienes practican una dieta vegetariana de forma natural.

La diabetes (p. 165)

El autor explica la diferencia entre la diabetes de tipo 1, en la que el cuerpo no produce la cantidad adecuada de insulina, y la diabetes de tipo 2, en la que se produce insulina pero las células no la utilizan debidamente. La expresión que se utiliza en este contexto es la resistencia insulínica. El tributo económico de la diabetes (enfermedad del azúcar en sangre) supone un coste de 130.000 millones de dólares anuales en los Estados Unidos.

A continuación, CAMPBELL pasa a describir las complicaciones de la diabetes, como el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular y derrame cerebral -que es de dos a cuatro veces mayor- la alta presión arterial, la ceguera, las enfermedades renales y del sistema nervioso, la mayor vulnerabilidad a otras enfermedades, etc. El 70% de los diabéticos padece hipertensión.

Un gráfico de H. P. Himsworth nos ilustra las diferencias entre las distintas dietas y los fallecimientos debidos a la diabetes en varios países y hacia el año 1925, cuando aún no existían los medios actuales. Se demuestra claramente que “cuanto mayor es la ingesta de carbohidratos, menos grasas se consumen, y el número de muertes por diabetes se desploma desde un valor de 20,4 hasta 2,9 por cada 100.000 personas”.

CAMPBELL menciona varios estudios que apuntan en la misma dirección: con un menor consumo de alimentos de origen animal hay una menor incidencia de la diabetes. Se trata de una consecuencia difícil de admitir. Las investigaciones realizadas en Inglaterra y Gales, durante los años de la guerra y justo después, es decir, de 1940 a 1950, mostraron el mismo patrón: un descenso radical del consumo de productos de origen animal y una reducción paralela de la incidencia de la diabetes.

James Anderson realizó una serie de investigaciones intervencionistas en las que aplicaba únicamente medidas que afectaban a la alimentación. Analizó a 25 pacientes con diabetes de tipo 1 y a otros 25 afectados por el tipo 2 de la enfermedad. Todos ellos se inyectaban insulina. “¡Pasadas tres semanas exactas, los pacientes diabéticos de tipo 1 fueron capaces de reducir su medicación con insulina en una media del 40%!”. Asimismo, los niveles de colesterol descendieron en un 30%. (P. 173).

En el caso de los 25 diabéticos de tipo 2, que ingirieron la dieta rica en fibra y de bajo contenido en grasa, ¡24 pudieron prescindir de su medicación y mantuvieron los valores normales! Entre ellos había un hombre que llevaba padeciendo la enfermedad 21 años y que necesitaba 35 unidades diarias de insulina. También en el Centro Pritkin se obtuvieron resultados similares. De los 40 pacientes que se medicaban al principio del programa, 30 pudieron abandonar la medicación al cabo de sólo 26 días sin superar los índices considerados normales (en el original en inglés se refiere a "34" pacientes y no a "30").

Una investigación posterior estudió a tres grupos de personas que presentaban elevados niveles de azúcar en sangre y que corrían el riesgo de padecer diabetes. Uno de los grupos recibió metformina e información nutricional estándar. En otro grupo se realizó una intervención intensiva en su estilo de vida, que incluía además un programa de ejercicio físico. Al cabo de tres años, el grupo de la metformina registró un 31% menos de casos de diabetes que el grupo de control, que solamente había recibido un placebo y una información nutricional estándar. El grupo en el que se había modificado el estilo de vida presentó un 58% menos de incidencia de la diabetes. Más aún, los pacientes de este grupo pudieron resolver también otros problemas de salud.

Plato vegano de col china o "Pak Choi". Fotografía de Magnus Manske.

Col china, baja en calorías y rica en vitaminas. (Magnus Manske).
Derecha: espinacas con setas y tofu. (ProkenSphere).

Espinacas con setas y tofu. Wikipedia "Veganismo". Fotografía de ProkenSphere.

Los tipos más comunes de cáncer: cáncer de mama, de próstata y de intestino grueso (colon y recto) (p. 177)

CAMPBELL se centra en primer lugar en el cáncer de mama y menciona los factores genéticos de riesgo BRCA-1 y BRCA-2, así como la influencia mayor de los factores relacionados con el estilo de vida. Señala que puede ocurrir que una detección temprana de la enfermedad lleve a un incremento de la esperanza de vida solamente porque el cáncer se ha descubierto antes. Indica la existencia de algunos estudios que defienden que la aplicación del fármaco antiestrógenos tamoxifeno puede disminuir la aparición del cáncer de mama. En cambio, las investigaciones europeas han rechazado que el tamoxifeno pueda presentar beneficios estadísticamente significativos y, por el contrario, mencionan incluso riesgos de derrame cerebral, cáncer uterino, cataratas, trombosis y tromboembolismo pulmonar.

Un cambio incluso moderado en la forma de alimentación puede producir grandes beneficios: “El uso de la dieta como tratamiento efectivo para una enfermedad que ya ha sido diagnosticada está perfectamente documentado en estudios realizados con personas que padecían una dolencia cardíaca avanzada, una diabetes de tipo 2 comprobada clínicamente, un melanoma avanzado (un cáncer de piel que es mortal), así como también, en estudios con animales de laboratorio, un cáncer de hígado”.

Algunas sustancias químicas que son nocivas para el medio ambiente, como los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), pueden ser metabolizadas y excretadas por nuestro cuerpo, pero esto se regula “mucho mejor a través de los alimentos que ingerimos”. Una adecuada composición de nuestra dieta impide que los HAP se unan al ADN y resulten perjudiciales. (P. 187).

El autor describe diferentes cuestiones relacionadas con el riesgo de padecer cáncer de mama y menciona también el tema de la terapia de sustitución hormonal (TSH). Según su opinión, que argumenta mediante cinco razones fundamentales, dicha terapia resulta más perjudicial que beneficiosa.

Por otro lado, se sabe desde hace tiempo que la incidencia de cáncer colorrectal, que incluye el de colon y el de recto, varía considerablemente entre los distintos países. Antes se consideraba que las razones eran las diferencias genéticas. Ahora, la ciencia reconoce que el estilo de vida es crucial. El Estudio de China también lo demuestra claramente. Hace 30 años se realizó un amplio estudio en 32 países (Ferlay J., Bray F., Pisani P. y otros) que determinaron la gran relación existente entre el cáncer colorrectal y el consumo de carne. Denis Parsons Burkitt (enlace en inglés) considera además que la ingesta de una cantidad adecuada de fibra alimentaria es esencial para el tracto digestivo. La fibra solamente se encuentra en los alimentos de origen vegetal (p. 193) y más escasamente en los productos fabricados con dichos vegetales.

El autor menciona los hallazgos de diferentes investigaciones, entre ellas el Estudio EPIC, European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition (enlace en inglés), realizado con datos de 519.000 personas de toda Europa, así como el estudio efectuado sobre los sudafricanos blancos. Consumir verduras de hoja y de fruto es altamente beneficioso, la parte de las raíces lo es menos y los alimentos de origen animal son en gran medida perjudiciales.

Resulta sorprendente para la Wikipedia en alemán:

“Los participantes con un elevado IMC, en comparación con aquellos que presentaban un IMC medio, fallecían con mayor frecuencia debido al cáncer o a enfermedades cardiovasculares. Los participantes en los estudios con un IMC reducido fallecían más frecuentemente debido a enfermedades respiratorias”. (…)

“Rohrman y otros publicaron en marzo de 2013 un análisis de los datos del EPIC que investigaba la relación entre el consumo de carne roja, preparados cárnicos y aves, y el riesgo de una muerte prematura. Los investigadores valoraron los datos de un total de 448.568 hombres y mujeres que, al inicio del estudio, no padecían cáncer ni habían sufrido ictus ni infartos de miocardio. Para todos los participantes se conocían sus formas de alimentación, su actividad física, si eran o no fumadores y su índice de masa corporal. Cuando comenzó el estudio, todos los participantes tenían edades comprendidas entre los 35 y los 69 años. Eran originarios de 10 países distintos de Europa y fueron analizados durante una media de 12,7 años. En este periodo de tiempo fallecieron 26.344 participantes. Los análisis demostraron que un elevado consumo de preparados cárnicos (p. ej. salchichas) presentaba una correlación estadísticamente relevante con unas mayores tasas de mortalidad: los participantes que ingerían más de 160 gramos diarios de preparados cárnicos tenían un riesgo un 44% mayor de fallecer durante la duración del estudio que los participantes que sólo consumían unos 20 gramos diarios”. (…)

"La recomendación que se hizo popular hace unos años sobre el consumo de “5 frutas y verduras al día” (enlace en inglés) se basa en presuposiciones políticas de salud deseables, pero carecen de una base científica”. En efecto, lo mismo dice el profesor Dr. CAMPBELL, siempre que el consumo de carne continúe cubriendo más de un 10% de la ingesta de proteínas.

Igualmente se investigaron otros factores de riesgo. Se afirma que el calcio inhibe el desarrollo de las células peligrosas en el colon y que se une a los ácidos biliares en el intestino. Se trata de una afirmación que el sector lácteo utiliza gustosamente para defender el consumo de leche como algo necesario. La realidad es la siguiente: “Los índices más elevados de cáncer colorrectal se observan en regiones del mundo donde se consume más calcio, es decir, Europa y América del Norte”. Asimismo, el ejercicio físico proporciona una protección adicional. (P. 198).

El autor recomienda someterse a colonoscopias a partir de los 50 años de edad y en pacientes con riesgo a partir de los 40 años, con una frecuencia de una colonoscopia cada cinco o diez años. La predisposición genética de padecer un cáncer colorrectal es de un 1-3%, sin embargo tiende a manifestarse más en unas familias que en otras, que es también donde se dan hábitos alimenticios similares.

En relación con el cáncer de próstata, el autor explica que aproximadamente la mitad de los hombres mayores de 70 años lo padecen de forma latente. Sin embargo, solamente un 7% de los pacientes a los que se les diagnostica un cáncer fallecen en el plazo de cinco años. Considera demostrado que la alimentación desempeña un papel primordial en el desarrollo o en la no aparición del cáncer de próstata. “Lo sorprendente es que uno de los vínculos más concordantes entre la dieta y el cáncer de próstata es el consumo de productos lácteos. Una revisión de investigaciones realizada en Harvard en 2001 no pudo ser más concluyente”. (P. 201).

Los hombres con mayores niveles de consumo de productos lácteos tenían un riesgo multiplicado por cuatro de sufrir metástasis o un cáncer de próstata con consecuencias fatales, en comparación con aquellos que consumían pocos de lácteos. “La ingesta de productos lácteos es uno de los indicadores nutricionales más concordantes para el cáncer de próstata en toda la literatura científica publicada”.

CAMPBELL indica que la causa radica fundamentalmente en la hormona del crecimiento IGF-1 (Insulin-like Growth Factor 1). En condiciones poco saludables, aumenta directamente la formación y el crecimiento de células nuevas. En este sentido, hace referencia a siete estudios realizados. Un elevado nivel de IGF-1 y un bajo nivel en sangre de una proteína que se asocia a dicha hormona provocan un riesgo 9,5 superior de sufrir la enfermedad en un estado avanzado. Según demuestran varios estudios, nuestro cuerpo produce más IGF-1 cuando ingerimos más alimentos de origen animal, como carne y productos lácteos.

La proteína de origen animal también bloquea la producción de la vitamina D en nuestro cuerpo, al igual que lo hace el calcio de la leche.

El autor concluye mencionando lo siguiente: “La enorme cantidad de profesionales de la nutrición, investigadores y médicos que existe o bien no ha tomado conciencia de esta evidencia o se niega a compartirla. Debido a estas fallas… se priva a las personas de una información que podría salvarles la vida”.

Las enfermedades autoinmunes (p. 207)

En las enfermedades autoinmunes es el propio cuerpo el que se ataca a sí mismo de forma sistemática. Son enfermedades difíciles de tratar y que tienen como consecuencia una pérdida progresiva de las funciones físicas y mentales. Enumera 17 enfermedades autoinmunes, entre estas, la esclerosis múltiple (EM), la diabetes de tipo 1, la artritis reumatoide, las enfermedades del tiroides (como la enfermedad de Graves-Basedow), el vitíligo (despigmentación de la piel), la anemia perniciosa como consecuencia de una gastritis de tipo A, etc.

El autor compara nuestro sistema inmunitario con una red militar, no con un órgano del cuerpo, y explica cuáles son las diferentes células que actúan y su funcionamiento. En la médula ósea se producen células madre que liberan glóbulos blancos (leucocitos), denominados linfocitos B (de “bones”, huesos). Otras células inmaduras se desplazan a la glándula timo en donde se convierten en células especializadas según sea preciso. Estas se denominan linfocitos T. Los invasores extraños son moléculas de proteína llamadas antígenos, p. ej., virus o bacterias. El cuerpo crea una “imagen especular” que es capaz de adecuarse perfectamente al antígeno y destruirlo. Esta imagen o molde es un receptor celular.

“Durante el proceso de la digestión, por ejemplo, algunas proteínas pasan del intestino al flujo sanguíneo sin haber sido completamente descompuestas en sus fracciones de aminoácidos”. (…) “La leche de vaca es uno de los alimentos que contienen muchas de las proteínas extrañas que se asemejan a nuestras propias proteínas”. (P. 211).

En relación con la diabetes de tipo 1, CAMPBELL indica que “la mayoría de la gente ignora que existen muchas evidencias científicas que permiten afirmar que esta enfermedad está asociada a la dieta, y más específicamente a los productos lácteos. La capacidad de la proteína presente en la leche de vaca para desencadenar la diabetes tipo 1 está muy bien documentada”. Y cita como referencia tres estudios realizados sobre este efecto pernicioso de la leche.

El autor explica en ocho pasos lo que puede sucederle a un bebé que no haya recibido leche materna durante el tiempo suficiente y que se alimente con la proteína obtenida de la leche de vaca. En este sentido cita de una de las investigaciones lo siguiente: “La leche de vaca puede ser la causa de una de las enfermedades más devastadoras que puede padecer un niño”. (P. 212).

Un estudio del año 1992 demostró que una proteína de la leche de vaca denominada BSA, albúmina de suero bovino, que no había sido digerida completamente, elevaba los niveles de anticuerpos por encima de 3,55 en el caso de niños con diabetes de tipo 1. El resto de los niños presentaba niveles inferiores. Por otro lado, en la Wikipedia, en inglés y en español, aparece referenciado el término BSA, no así en alemán: ¿se trata de la influencia de la industria láctea?

CAMPBELL señala que los genes no actúan de forma aislada, sino que necesitan un desencadenante para que puedan desarrollar sus efectos. Esto se ha demostrado en diferentes investigaciones realizadas sobre gemelos monocigóticos.

“La ingesta de leche de vaca entre niños de cero a dieciséis años de edad de doce países revela una correlación casi perfecta con la diabetes tipo 1. Cuanto mayor es el consumo de leche de vaca, mayor es la incidencia de la diabetes tipo 1. En Finlandia, donde se ingieren enormes cantidades de leche de vaca, mayor es la incidencia de la diabetes tipo 1”. (P. 215).

Dos conocidos estudios que se llevaron a cabo en Finlandia, a finales de 1980 y a mediados de 1990 respectivamente, también lo demuestran. El primer estudio científico concluye que “el consumo de leche de vaca aumenta el riesgo de sufrir diabetes tipo 1 entre cinco y seis veces”. En el segundo estudio se observó que la leche de vaca aumenta el desarrollo de al menos tres anticuerpos adicionales, además de los que ya se han presentado anteriormente en el libro. (P. 217).

El autor incluye numerosas pruebas y ejemplos que demuestran de modo muy claro y significativo la relación existente entre el consumo de leche y derivados lácteos y las diferentes enfermedades. Reconoce, sin embargo, que la industria no va a permitir que estos conocimientos tengan efectos prácticos en las consultas de los médicos. Esto generaría un problema existencial para el sector industrial, y los presupuestos gigantescos para relaciones públicas, marketing e influencias directas hacen posible que esto no ocurra. Y, en estas circunstancias, la incidencia de la diabetes de tipo 1 se incrementa en un 3% al año. (P. 216).

Por cierto, al igual que una poderosa industria logró que se silenciara, mediante controversias y durante décadas, la nocividad del tabaco, hoy en día es la industria de la alimentación y de los lácteos la que actúa del mismo modo y con éxito. Ha aprendido de la guerra cómo encubrirse o cómo camuflar completamente las fuentes de peligro. Se multiplican los estudios que se presentan de un modo que parecen reflejar lo contrario de lo que realmente dicen. Con el poder de las técnicas de marketing, a los medios de comunicación les resulta fácil extender dichos resultados, mientras que los estudios serios se conocen en los ámbitos científicos pero rara vez llegan a la política o a los consumidores. ¿Cómo podrían hacerlo?

A continuación podemos leer sobre la esclerosis múltiple (EM; en inglés MS). El autor nos explica sus efectos, así como que se trata de une enfermedad que afecta 100 veces más en los países del Norte que en el Ecuador. Roy Swank fue el primer investigador conocido que analizó la influencia de la alimentación en la aparición de la EM, comenzando sus estudios en Noruega y en el Instituto Neurológico de Montreal.

Swank llevó a cabo sus ensayos con 144 pacientes y realizó su seguimiento durante 34 años. En 1990 publico los siguientes resultados: “En el subgrupo de pacientes que habían reducido el consumo de grasas saturadas durante los estadios tempranos de su enfermedad, alrededor del 95% (…) siguió padeciendo síntomas leves de EM durante aproximadamente 30 años, y el porcentaje de fallecidos fue de apenas un 5%. En contraste, el 80% de los pacientes que padecían esclerosis múltiple en un estadio temprano y consumieron la dieta “negativa” (con mayor contenido en grasas saturadas) murieron a causa de la enfermedad”.

Las diferentes evoluciones de la enfermedad de EM. Imagen: Vhancer, Wikipedia.

Tampoco la Wikipedia se hace eco sobre las experiencias con pacientes que consumieron cantidades reducidas de proteínas de origen animal (en su versión en español, menciona la dieta como tratamiento alternativo, pero añade que no ha sido estudiado científicamente). Sin embargo, los resultados de la dieta son mejores que los obtenidos con fármacos, pero como es algo que no cuesta dinero tampoco hay lobbies.

Fotografía: "Las diferentes evoluciones de la esclerosis múltiple". (Vhancer en Wikipedia).
Todas las fotografías pueden verse aumentadas pulsando sobre ellas.

Más recientemente, numerosos estudios han confirmado las observaciones de Swank. Si se tratase de un medicamento, ya existiría alguna empresa ganando miles de millones –opina CAMPBELL. Asimismo se refiere al doctor James Anderson, ya mencionado en un capítulo anterior, que logró resultados excelentes mediante la aplicación de una terapia nutricional.

Igualmente se descubrió que la prevalencia de la EM era menor en las zonas costeras del Norte, lugares en donde se consume mucho pescado, lo que llevó a estudiar el efecto de las grasas omega 3. Curiosamente, casi nunca se menciona que el consumo de productos lácteos también es mucho menor en dichas zonas.

Las páginas web relacionadas con la ayuda para la EM no mencionan que los productos lácteos son el mayor de los problemas de los pacientes aquejados de EM…

“Normales” son para nosotros nuestros hábitos alimenticios y nuestras enfermedades de la civilización usuales, no la adopción de un comportamiento saludable. Esto se considera como algo fuera de lugar, y solamente la actividad física se acepta como algo sano.

Efectos de amplio alcance: enfermedades óseas, renales, oculares y cerebrales (p. 229)

CAMPBELL trata de hacernos reflexionar sobre los efectos de la dieta mencionando la impresionante variedad y cantidad de estudios que muestran la significante correlación entre alimentación vegetariana y salud por un lado, y, por el otro, entre productos de origen animal y enfermedades de la civilización. Es cierto que con un único estudio puede defenderse prácticamente cualquier opinión, pero cuando miles de investigaciones científicas respaldan ampliamente la idea de que la alimentación vegetariana lleva a una mejor salud, entonces deberíamos prestar atención.

En el caso de la osteoporosis, nos demuestra que en las zonas en donde las personas consumen mayores cantidades de leche de vaca y derivados lácteos hay mayor incidencia de la enfermedad y viceversa. Por ejemplo, las mujeres norteamericanas de más de 50 años presentan las tasas más elevadas de fracturas de cadera del mundo. Algunos países de Europa, Australia y Nueva Zelanda superan estos niveles y ¡el de consumo de leche!

En la publicación de la Wikipedia alemana sobre osteoporosis de febrero de 2014, podemos intuir el papel predominante de la industria láctea:

“Para la prevención de la osteoporosis, es decisiva una ingesta adecuada de calcio de aproximadamente 1 g/día (terapia básica de la Federación Central de Osteología Alemana, DVO; enlace en alemán). Un litro de leche o 100 gramos de queso de pasta dura contienen un gramo de calcio. Además de los lácteos (especialmente la leche y el yogur), las verduras de hoja verde como la col rizada o el brécol también son buenos suministradores de calcio. Los individuos que no consumen leche o queso deberían ingerir 800 mg de calcio en comprimidos”.

¡Es algo muy habitual de la Wikipedia en alemán! En la Wikipedia en idioma inglés no se hacen tales recomendaciones, ni tampoco en la española, y se desaconsejan los comprimidos de calcio.

En esta última podemos leer lo siguiente: "El rol del calcio en prevenir y tratar la osteoporosis no está claro — algunas poblaciones con extremadamente bajas ingestas de calcio tienen bajas tasas de fractura ósea, y otros con mucha ingesta de calcio a través tanto de leche como de sus derivados tienen mucha fractura de huesos. Otros factores, como la ingesta de proteínas, sal, vitamina D, ejercicio, exposición al sol, también influyen en la mineralización ósea, haciendo de la ingesta de calcio, un factor entre muchos en el desarrollo de la osteoporosis. Algunos estudios muestran que una gran ingesta de vitamina D reduce el número de fracturas, sin embargo, otras investigaciones no han confirmado estas conclusiones, por lo que este aspecto del tratamiento es motivo de debate". (...)

"El Dr. THOMAS COLIN CAMPBELL, en su libro El Estudio de China, aconseja consumir diversas clases de alimentos vegetarianos e integrales y evitar los de origen animal, incluidos los productos lácteos".

En la década de 1880 se sugirió que las proteínas de origen animal producían un exceso de ácido metabólico. Esto fue documentado en el año 1920. El cuerpo trata de mantener constante el pH de la sangre y combate el exceso de acidez utilizando el calcio para su neutralización. Este calcio lo extrae de las reservas que se encuentran en los huesos y los fragiliza enormemente.

Este proceso también incrementa la cantidad de calcio que se pierde con la orina. El autor menciona que, en los años 1974, 1981 y 1990, se publicaron resúmenes de dichos estudios que demuestran que un aumento en el consumo de proteínas de 35 a 78 g/día causa un alarmante incremento del 50% de calcio en la orina. Incluso el estudio financiado por el Centro Atkins constató dichas cifras.

En la página 234, CAMPBELL incluye un ilustrativo gráfico sobre la relación entre el consumo de proteínas de origen animal, en comparación con las de origen vegetal, y las fracturas de cadera que se producen en diferentes países. La incidencia de estas fracturas, en 100.000 personas/año, se incrementa prácticamente de cero a 200 casos. Véase en este sentido la información sobre la dieta alcalina.

El autor comenta más adelante los estudios del profesor de Harvard, Mark Hegsted, y explica los mecanismos reguladores (proceso de regulación) entre el calcio y el calcitriol. Menciona cómo una ingesta excesiva y continuada de calcio puede alterar el funcionamiento de dichos mecanismos. Perder esta capacidad es una garantía de padecer osteoporosis, y a pesar de ello nuestros médicos continúan recomendando un elevado consumo de leche. A todo esto hay que añadir los perjuicios derivados de la elevada cantidad de fósforo.

CAMPBELL destaca que “en este gran circo de la investigación sobre la osteoporosis, existen algunos detalles endemoniadamente contradictorios que promueven la confusión” y cita seis de estas afirmaciones. Pero concluye haciendo referencia a que los estudios realizados demuestran que una forma de ”predecir la osteoporosis es la proporción entre proteínas animales y vegetales que hay en nuestra dieta”.

Nos ofrece, para finalizar, una serie de consejos sobre el ejercicio físico y la alimentación, y no hace referencia solamente a las proteínas de origen animal. “Podemos ingerir el calcio a través de una amplia variedad de alimentos de origen vegetal”. Y añade lo siguiente: “Si prescindes de los hidratos de carbono refinados, como los cereales azucarados, el pan blanco, la pasta hecha con harina blanca y las golosinas, no deberías tener problemas de deficiencia de calcio”. Con estas indicaciones se refiere a las personas que siguen una dieta exclusivamente vegana o casi vegana. Menciona asimismo entre sus consejos que un consumo exagerado de sal también puede constituir un problema. (P. 238).

A continuación, CAMPBELL señala que los productos de origen animal suponen igualmente una carga adicional para los riñones. Esto puede comprobarse perfectamente en los gráficos elaborados por el profesor W. G. Robertson del Consejo de Investigación Médica de Leeds, uno de los expertos más prestigiosos, a la cabeza de un equipo de investigación sobre la dieta y su relación con los cálculos renales. El gráfico más impactante es el que aparece en la página 240. Los dos gráficos restantes muestran el efecto de la ingesta de proteínas animales sobre el calcio y el oxalato presentes en la orina.

Sobre los oxalatos en la Wikipedia: “Son tóxicos debido a que en presencia de iones de calcio forman el oxalato de calcio, una sal muy poco soluble. De esta manera, por una parte se elimina el calcio como elemento esencial del organismo, y por otra se cristaliza formando un cálculo que puede obstaculizar los conductos renales. (…) A los pacientes afectados de riñón se les recomienda una dieta pobre en oxalato (poco té, pocas espinacas o ruibarbo)”. Otros alimentos con oxalatos son el chocolate, las nueces y el cacao en polvo.

El siguiente problema al que se refiere CAMPBELL es el de las enfermedades oculares. La composición de nuestras comidas influye particularmente en las cataratas y en la degeneración macular. Se trata de dos enfermedades que afectan a millones de norteamericanos de la tercera edad.

La cirugía de las cataratas se ha convertido en algo habitual entre nosotros a partir de los 70 años. Hoy en día no es algo especialmente grave, en cambio, la degeneración macular no tiene cura, evoluciona y lleva lentamente a una ceguera irreversible. El inicio de la enfermedad comienza con una mácula amarillenta en el centro de la retina, el área que proporciona la agudeza visual, y una pérdida progresiva de sus funciones.

Los antioxidantes presentes en las frutas y las verduras reducen considerablemente el riesgo de padecer esta enfermedad. El autor explica las relaciones entre la dieta y la enfermedad, y hace referencia a dos estudios concluyentes. “Los hallazgos de los dos estudios sugirieron que si se consumieran los alimentos adecuados, se podría prevenir entre un 70 y un 88% de la ceguera causada por la degeneración celular”.

En uno de los estudios colaboraron cinco centros oftalmológicos y se utilizó como grupo de ensayo a 356 personas, con edades comprendidas entre los 55 y los 80 años, a las que se les había diagnosticado una degeneración macular avanzada. Los investigadores descubrieron que, de los alimentos estudiados –el brócoli, las zanahorias, las espinacas, la col rizada, las calabazas y los boniatos–, eran las espinacas y la col rizada las que mayor protección ofrecían. En los participantes en el estudio que ingerían mayores cantidades de carotenoides se observó un 43% menos de incidencia de la enfermedad que en aquellos que consumían pocas verduras.

“La presencia de la enfermedad fue un 88% menor en personas que consumían estas hortalizas verdes cinco veces por semana o más, en comparación con las que las tomaban menos de una vez al mes”. Las verduras con menos color fueron las que demostraron menores efectos, es decir, la familia de las coles, como el repollo, la coliflor y las coles de Bruselas.

En los análisis que se realizaron sobre el consumo de cinco carotenoides a través de la alimentación se demostró que las verduras de hoja de color verde muy oscuro eran las que tenían los efectos protectores más importantes. “En contraste, los suplementos de algunas vitaminas, entre ellas el retinol (“vitamina A” preformada) y las vitaminas C y E, no revelaron tener un efecto favorable”. (P. 244).

Un segundo estudio comparó un total de 421 pacientes aquejados de degeneración macular con 615 personas no enfermas. Se midieron los antioxidantes presentes en la sangre en lugar de los consumidos. Los resultados fueron similares. La disminución de la incidencia fue de un 65-70%. Y se demostraron los efectos significativos de los carotenoides, no del selenio ni de determinadas vitaminas.

En relación con las cataratas, también se pudo demostrar que los individuos que consumían mayor cantidad de verduras de hoja de color verde muy oscuro tenían un 40% menos de incidencia de la enfermedad. Las investigaciones fueron realizadas con 1.300 personas entre los años 1988 y 1998. La luteína también parece desempeñar un papel importante, lo que parece lógico cuando sabemos que dicha sustancia química forma parte integral del tejido del cristalino. Igualmente resulta decisivo el carotenoide zeaxantina.

La incapacidad para recordar y pensar con la misma precisión que antes es un trastorno que llega lentamente con la edad. Sin embargo, algunas personas desarrollan una disfunción mental en forma de demencia que puede llegar a ser incluso una amenaza para la vida. Entre estas disfunciones se encuentran la demencia vascular, que se produce principalmente como consecuencia de múltiples pequeños derrames cerebrales, y el Alzheimer. La enfermedad de Alzheimer es cuatro veces más frecuente que la demencia vascular. En el Alzheimer, la sustancia proteica beta-amiloide se acumula en forma de placa en regiones esenciales del cerebro.

A lado de la predisposición genética, la Wikipedia alemana señala lo siguiente: “Además existen factores de riesgo relacionados con la alimentación, como los niveles de colesterol: con una falta de colesterol no se observa una formación in vitro de péptidos beta-amiloides. Probablemente esté relacionado con el hecho de que la producción de los péptidos  Aβ se realiza exclusivamente en las balsas lipídicas de las membranas celulares y que estas se componen sobre todo de colesterol”.

“Según parece existen factores de riesgo adicionales. Numerosas sustancias farmacológicas incrementan la producción de los Aβ42 hasta niveles peligrosos in vitro y en ensayos sobre ratones. Los inhibidores específicos de la prostaglandina-endoperóxido-sintasa 2 y determinados isoprenoides resultan dudosos”.

CAMPBELL continúa diciendo: “La enfermedad de Alzheimer es extraordinariamente común. Se afirma que el 1% de las personas a partir de sesenta y cinco años muestran signos de padecerla, una cifra que se duplica cada cinco años a partir de esa edad”. Los individuos con una disfunción cognitiva tienen un riesgo diez veces mayor de enfermar de Alzheimer, pero también desarrollan más enfermedades cardiovasculares, derrames cerebrales y diabetes de tipo 2. Los factores de riesgo son la hipertensión (tensión sanguínea alta) y un nivel elevado de colesterol en sangre. Ambos se ven influenciados por la alimentación, al igual que sucede con el tercer factor de riesgo: los radicales libres.

“Los productos de origen animal carecen de escudos antioxidantes y tienden a activar la producción de los radicales libres y el deterioro celular; en contraste, los alimentos vegetarianos ricos en antioxidantes tienden a prevenirlo”. (P. 248).

En los diferentes estudios realizados en hijos de personas originarias de, por ejemplo, África o Japón, que abandonaron sus países y adoptaron nuestro estilo de vida, se ha podido demostrar que las condiciones de estos hábitos son más influyentes que la predisposición genética.

El tomillo es una planta culinaria. Fotografía USDA de Dr. J. Park.
Fotografía de USDA, EE.UU.

En la práctica se suelen realizar continuos estudios sobre determinados componentes nutricionales de forma aislada, como la vitamina E o los betacarotenos. Se olvida que la naturaleza funciona como una gran orquesta en la que un único instrumento no puede actuar en solitario. En algunos casos no puede evitarse, pero en otras circunstancias me parece que es poco inteligente y que tiene poca repercusión a nivel práctico.

El Estudio de Framingham menciona, por ejemplo, que "por cada tres raciones adicionales de frutas y hortalizas consumidas a diario, el riesgo de derrame cerebral se reduce en un 22%”. El autor concluye que con un cambio radical en la dieta podría reducirse el riesgo casi en un 100%. (P. 250).

CAMPBELL se refiere también a numerosos estudios en los que se demostró, entro otros efectos, que un nivel bajo de homocisteína y un nivel elevado de ácido fólico también eran beneficiosos para reducir el riesgo de Alzheimer.

El autor termina comentando que muchas veces se encontraba con conocidos que lo tachaban de fanático de la salud y que le decían que ellos preferían disfrutar comiendo carne, fumando y haciendo lo que quisieran cuando así les apeteciera. Algunos de ellos ya han fallecido y a otros los tuvo que visitar más tarde en una residencia de ancianos, en cuanto a él, que ya es octogenario (nació en 1934), aún disfruta de las ventajas de la buena salud y de la autonomía física.

La guía de la buena nutrición

El autor pone de relieve los efectos perjudiciales de la dieta baja en carbohidratos de Atkins o la nueva dieta South Beach (enlace en inglés) del Dr. Arthur Agatston. Nos relata cómo le sorprendió descubrir en la carta de un restaurante, en la opción “baja en carbohidratos”, un plato de “pasta primavera” (enlace en inglés), es decir, una enorme porción de pasta con verduras, que prácticamente sólo contiene hidratos de carbono de los “malos” y unos pocos de los “buenos” procedentes de la verdura.

Esto demuestra lo grande que es la confusión que impera, cuando ni siquiera los cocineros saben distinguir entre los distintos nutrientes. La dieta South Beach es, en realidad, la alimentación habitual de los norteamericanos, que se vende con éxito como una dieta segura, pero que “nos hace engordar y enfermar del corazón, destruye nuestros riñones, nos produce ceguera y nos conduce hacia el Alzheimer, el cáncer y muchos otros problemas médicos”. Todo esto le recuerda que “la población se está ahogando en una espantosa marea de información nutricional”. (P. 254).

CAMPBELL también menciona dos clásicas sentencias que se hicieron muy populares: “A los estadounidenses les encanta la bazofia”, es decir, les gusta todo lo que puede considerarse un sinsentido, y “A los estadounidenses les gusta que hablen bien de sus malos hábitos”. Si a los norteamericanos les agrada que alaben sus malas costumbres, parece que también nos está sucediendo a nosotros lo mismo en Europa.

“Apenas una mínima parte de la información nutricional que llega a la conciencia del público está basada en la ciencia, y pagamos un precio muy alto por ello.

Un día se afirma que el aceite de oliva es muy perjudicial para la salud, al siguiente resulta que es bueno para el corazón. Un día se dice que los huevos terminarán por obstruir tus arterias, y luego que son una buena fuente de proteínas. Un día oyes que las patatas y el arroz son maravillosos, y otro que son la mayor amenaza para tu peso corporal”. (P. 254).

Comer bien: Ocho principios de los alimentos y la salud (p. 257)

COLIN CAMPBELL comienza este capítulo con 20 argumentos a favor de un estilo de vida saludable. ¿Qué persona con más de 50 años no desea parecer y sentirse más joven, tener más energía y evitar la impotencia todo el tiempo que sea posible? Pero con un mejor estilo de vida sin duda conseguiremos mucho más.

Los subtítulos de sus ocho principios básicos son los siguientes:

1.   La nutrición representa las actividades combinadas de innumerables sustancias alimenticias. El todo es más que la suma de las partes.

Nos explica la forma en que el cuerpo ingiere la alimentación, un proceso que comienza desde el momento en que introducimos un alimento en la boca. Por otro lado, incluye a modo de ejemplo un cuadro sobre los nutrientes presentes en las espinacas, entre estos, nueve vitaminas, ocho ácidos grasos y dieciocho aminoácidos, así como numerosos tipos de fitoesteroles o esteroles vegetales.

2.   Los suplementos vitamínicos no son una panacea para la buena salud.

“Como la nutrición opera como un sistema bioquímico infinitamente complejo, en el que participan miles de sustancias químicas y se producen miles de efectos sobre tu salud, no tiene mucho sentido pensar que los nutrientes que se consumen por separado en forma de suplementos puedan sustituir a los alimentos integrales. Los suplementos alimenticios no contribuirán a una buena salud duradera y, por otra parte, pueden tener efectos secundarios no previstos”. (P. 260).

No obstante, el interés suscitado por los suplementos nutricionales en las últimas décadas se ha convertido en un negocio gigantesco que proporciona oportunidades lucrativas para la desinformación. Cita, como ejemplo, una investigación a gran escala, realizada en 1994-1996, que demostró que los suplementos de betacaroteno no disminuían, tal y como se esperaba, el cáncer de pulmón, sino que lo incrementaba cuando se ingerían dichos suplementos durante un periodo de cuatro a ocho años.

3.   Prácticamente, no existen nutrientes en los alimentos de origen animal que no puedan proporcionarnos las plantas de una forma más sana.

El autor presenta un cuadro comparativo de la composición de nutrientes de los alimentos de origen vegetal y animal. En este cuadro, el lector puede comprobar la superioridad de los alimentos vegetales, con cerca de una décima parte de grasa y la misma cantidad de proteína y valores hasta diez veces mejores. La carne, por ejemplo, no contiene nada de fibra. Por otro lado, el autor menciona el problema de la vitamina B12 (cobalamina). El libro indica que las personas que siguen una dieta vegana pueden incorporar esta vitamina en forma de comprimidos o a través de la ingesta de alimentos enriquecidos. En función de la zona geográfica o el modo de vida, esto también sería aplicable a la vitamina D.

En este sentido, puede consultarse como referencia bibliográfica el artículo de Mozafar A. Enrichment of some B-vitamins in plants with application of organic fertilizers”, en Plant and Soil 167 (1994), p. 305-311.

De todas maneras, en mi opinión el autor se equivoca cuando hace la siguiente afirmación: “La investigación científica ha demostrado de forma convincente que las plantas que crecen en terrenos de buena calidad, con una adecuada concentración de vitamina B12, absorben fácil y rápidamente este nutriente. No obstante, las plantas sembradas en campos “inertes” (suelo inorgánico) pueden ser deficientes en vitamina B12”.

En aquellos tiempos no existía la separación entre análogos estructurales (enlace en inglés). Leemos en la Wikipedia lo siguiente: “Las verduras que se conservan mediante fermentación láctica, algunos tipos de algas y de leguminosas, como guisantes, judías y lupinos, los zingiberales, como el jengibre, contienen coenzimas B12, aunque en pequeñas cantidades. Asimismo, algunas setas comestibles, especialmente el champiñón común, contendrían una reducida cantidad de vitamina B12”.

La Wikipedia alemana continúa diciendo, en la entrada sobre cobalamina, que la spirulina, con 57 µg, proporciona aproximadamente la misma cantidad que el hígado de ternera. De forma que 10 g de spirulina diarios serían suficientes para garantizar las necesidades. Sin embargo, se trata de una información incorrecta sobre análogos estructurales que incluso disminuiría la absorción de la vitamina B12. En las algas Nori encontramos 15 µg. Mis investigaciones sobre este tema aún no están terminadas.

4.   Los genes, por sí solos, no determinan la enfermedad. Funcionan únicamente cuando son activados, o expresados, y la nutrición desempeña un papel esencial para determinar cuáles son los genes expresados, sean favorables o desfavorables.

CAMPBELL señala de nuevo que los genes no activados no tienen ningún efecto sobre nuestra salud. El medio ambiente, y especialmente la dieta, los activan o desactivan. (EE: Lo que conduce desde la regulación génica a la epigenética con transmisión a los descendientes).

5.   La nutrición puede controlar sustancialmente los efectos adversos de los compuestos químicos tóxicos.

Se refiere, por ejemplo, a la alarma que se produjo hacia el año 2002 en torno a la acrilamida, un compuesto que se encuentra en las patatas procesadas mediante calor y que tiene un efecto cancerígeno. Sin embargo, estas patatas procesadas a elevadas temperaturas producen, según Maillard, unas 450 reacciones de Maillard que, a su vez, generan inflamaciones celulares. Asimismo, incluye un interesante texto sobre la expresión génica. “No queremos escuchar que nuestros alimentos favoritos constituyen un problema que se debe únicamente a su contenido nutricional”. (P. 269).

6.   La misma nutrición que previene la enfermedad en sus estadios tempranos (antes del diagnóstico) puede también detenerla o revertirla en sus estadios más avanzados (después del diagnóstico).

“Algunos hallazgos de las investigaciones realizadas demuestran que, mediante una dieta vegetariana y de alimentos integrales, es posible conseguir que remita una enfermedad cardíaca avanzada, que las personas obesas logren perder peso y que los diabéticos puedan prescindir de su medicación y retornar a una vida más normal, como la que llevaban antes de contraer la dolencia.

La investigación ha demostrado también que un melanoma avanzado –el cáncer de piel que puede producir la muerte– se puede atenuar o revertir modificando el estilo de vida”.

En el año 1978, tuve la ocasión de conocer a la esposa de un crudivegano. Quise saber por qué el cocinero de la clínica Bircher-Benner (enlace en inglés), accediendo a mi petición, se alegraba de poder prepararme una comida crudivegana, a pesar de que eso le suponía más trabajo. Yo no tomaba la denominada alimentación del cáncer cuando estaba cocinada.

Me invitó a su casa y me presentó a su familia. El cambio en su forma de alimentación se había producido cinco años antes, cuando detectaron a la que entonces era su amiga un melanoma maligno con numerosas metástasis. Calculé que la edad de ella rondaría los 25 años. Normalmente, cuando se alcanza este estadio de la enfermedad, se fallece a los pocos meses. Sin embargo, ella logró recuperar la salud gracias a un cambio de dieta radical y permanente adoptando una alimentación totalmente crudivegana. Más tarde, conocí a un austriaco de 35 años que también pudo curarse con un cambio de dieta. Al menos, no encontraron ninguna señal de su enfermedad en la sangre. Pero, nada más restablecerse su salud, el joven retornó a sus antiguos hábitos de alimentación y falleció, según me temía, al cabo de poco más de un año. El mismo cáncer había regresado.

La mujer, en cambio, conservó definitivamente su salud, al igual que me sucedió a mí tras superar el linfoma de células de manto en fase 3 que me habían diagnosticado. En aquella época se trataba de una enfermedad incurable, hoy en día existe una reducida posibilidad de curación mediante el trasplante de médula ósea.

7.   La nutrición que es benéfica para una enfermedad crónica promoverá la buena salud general.

El autor hace de nuevo hincapié en que una dieta saludable resulta beneficiosa para todo tipo de enfermedades ya que sus efectos no son selectivos. En realidad es algo lógico. No obstante, la editora de una editorial con la que CAMPBELL se puso en contacto le recomendó que incluyera un plan dietético diferenciado para cada una de las enfermedades, lo que haría que el libro se vendiera mejor, o incluso que pudiera comercializarse.

8.   La buena nutrición promueve la salud en todas las áreas de nuestra existencia. Todas las partes están interconectadas.

“El proceso de comer acaso sea el encuentro más íntimo que tenemos con el mundo; se trata de un proceso en el cual lo que ingerimos se convierte en parte de nuestro cuerpo. (…) las personas tienen más energía cuando se alimentan de forma adecuada. Esta sinergia entre nutrición y actividad física es verdaderamente significativa y constituye una evidencia de que estas dos partes de la vida no están aisladas. (…) También sabemos que la actividad física tiene un efecto sobre el bienestar emocional y mental”. (P. 273).

Cómo comer (p. 276)

El autor se muestra contrario a las privaciones en la comida y a los complejos regímenes para adelgazar, que de todos modos solamente provocan un efecto yo-yo. “Mi consejo es que intentes eliminar todos los productos animales de tu dieta, pero sin obsesionarte”, nos recomienda. De todos modos, es preferible realizar un cambio radical en la forma de entender la alimentación porque hacerlo a medias requiere mucha más energía. Opina que es más efectivo intentar un cambio completo con el objetivo de realizar una prueba durante un mes: “Prueba un mes. Has estado comiendo hamburguesas con queso durante toda tu vida; no te morirás si no las comes durante un mes”. (P. 280).

En mi opinión, se necesitan tres meses –sin excepciones– para que el sentido del gusto se modifique. Más información sobre lo que ocurre con la sal en la reseña sobre el libro de Michael Moss  Sal, azúcar y grasas, o directamente en el libro. El autor recomienda realizar un análisis de sangre antes y después.

CAMPBELL señala que los numerosos alimentos vegetales y las hierbas aromáticas y culinarias hacen posible una alimentación variada y sabrosa sin necesidad de utilizar otros ingredientes, como pasta, etc.

El sistema digestivo, especialmente si se consumen muchos alimentos crudos, debe comenzar por adaptarse a la nueva dieta. Tampoco debe contarse con demasiado apoyo por parte de la familia o de otras personas, ya que muchas se sienten amenazadas por aquellas que han decidido vivir de un modo vegetariano o vegano.

Además, el autor incluye una serie de consejos para facilitar el cambio de alimentación, como por ejemplo, comprar libros de recetas con menús que sean apetitosos y sencillos de preparar. Y menciona una receta de un guiso de cacahuetes del oeste africano como idea.

Apio en rama como planta culinaria. Wikipedia "Plantas culinarias". Fotografía: Denis Barthel.

Existen docenas de plantas culinarias que pueden utilizarse para cocinar o para preparar los alimentos.

En consecuencia, los platos veganos pueden ser verdaderamente sabrosos. En estos enlaces de la Wikipedia en inglés y alemán encontrará una extensa lista y unas 30 fotografías de plantas culinarias y aromáticas.

Apio en rama como planta culinaria. Fotografía de Denis Barthel (CC).

Las ensaladas de los restaurantes no suelen ser excesivamente apetitosas y ricas en nutrientes. Los platos que se comen fuera suelen estar demasiado salados, salvo que se den instrucciones precisas a los cocineros, al menos según mis experiencias cuando como platos cocinados.

¿Por qué nunca habías oído hablar de esto?

Las personas que se enfrentan por primera vez a estas cuestiones se sorprenden con frecuencia porque lo que han podido escuchar en general es justo lo contrario, es decir, que la leche y la carne son prácticamente los mejores alimentos. El autor explica los motivos y comienza con esta argumentación: “Como comprobarás, una gran parte del tema está gobernada por la regla de oro: el que tiene oro impone las reglas. Existen industrias poderosas, influyentes y enormemente acaudaladas que comenzarán a perder enormes cantidades de dinero si a los norteamericanos se les ocurre adoptar una dieta vegetariana”.

También piensa que las empresas no financian a los científicos para que falseen los datos y actuaciones similares: “La situación es mucho peor que eso. Todo el sistema –el gobierno, la ciencia, la medicina, la industria y los medios– se interesa más por los beneficios que por la salud, antepone la tecnología de los alimentos y prefiere la confusión a la claridad”.

El lado oscuro de la ciencia (p. 287)

El autor menciona la situación de desesperanza de las personas que sufren un cáncer en estado avanzado y cómo los norteamericanos gastaron, en los años 1970, mil millones de dólares anuales en diferentes “pociones mágicas”. Nos relata, como un ejemplo de “cuento” que se mantiene, la historia del Laetril o amigdalina, que se recomienda aún hoy como vitamina B17, solamente por motivos económicos y sin base científica alguna.

En el enlace anterior sobre la amigdalina pueden obtenerse más detalles. Desde hace décadas y todavía hoy, se escriben libros sensacionalistas como “La revolución de la medicina del cáncer” en relación con una sustancia que se ha demostrado que no funciona.

COLIN CAMPBELL repasa brevemente su etapa laboral en los organismos de ámbito intermedio de los Estados Unidos. Un ejemplo de estos es la Federación de Sociedades Americanas para la Biología Experimental (Federation of American Societies for Experimental Biology and Medicine, FASEB; enlace en inglés). En la actualidad cuenta con 26 organizaciones miembro y por aquel entonces reunía a más de 20.000 científicos. También trabajó para dos de estas sociedades en un comité sobre cuestiones de nutrición y farmacología. Especialmente activa fue su labor a finales de 1970 en el Instituto Americano de Nutrición (American Institute of Nutrition, hoy denominada American Society of Nutritional Sciences, ASN; enlace en inglés).

El autor explica en las siguientes páginas cómo fueron sus años trabajando ahí y cómo funciona ese mundo. “Mi tarea principal residía en presidir un comité de científicos que investigaba los peligros principales del uso de suplementos de nutrientes, y había sido contratado por la Administración de Alimentos y Medicamentos”. Eran los años en los que reinaban los desencuentros sobre la “alimentación correcta”. La industria deseaba rebatir el Informe de McGovern (enlace en inglés) de 1977. El senador George McGovern, opositor de la guerra de Vietnam, presidía un comité encargado de establecer un programa de nutrición saludable para el país.

La Academia Nacional de Ciencias (National Academy of Sciences, NAS), “estaba muy influenciada por las industrias de la carne, los lácteos y los huevos”. (P. 291).

CAMPBELL era, de los 18 miembros del comité, el único que no mantenía relaciones con el mundo de las empresas alimentarias y farmacéuticas, y sus alianzas comerciales.

Además, algunos de sus colegas “se beneficiaban de espléndidas ventajas, incluidos billetes de avión en primera clase y buenos honorarios por sus servicios de consultoría pagados por empresas de productos de origen animal”. (P. 293).

El autor compara la situación con la problemática del tabaco y la salud, cuando “miles de profesionales de la salud salieron vigorosamente en su defensa” y apoyaron su consumo de forma incondicional.

En los Estados Unidos existen numerosas organizaciones que cuentan, en parte, con enormes presupuestos para ofrecer información sobre la alimentación. ¿Es este el motivo que explica la pésima forma de alimentarse de los estadounidenses en comparación con otros países? CAMPBELL finaliza con las siguientes conclusiones:

“Únicamente alguien que esté familiarizado con los mecanismos internos del sistema puede distinguir las posturas sinceras, fundamentadas en la ciencia, de las opiniones falsas basadas en intereses personales. (…) Con frecuencia se privilegia el dinero, el poder, el ego y la protección de los intereses personales por encima del bien común. Y para conseguir esos fines solo hay que realizar unas pocas acciones ilegales, o acaso ni siquiera sean necesarias”.

Sólo podemos comprender esta última afirmación de CAMPBELL tras la lectura de las 20 páginas de este capítulo. Me sorprende su capacidad para narrarlo de forma neutral y tranquila, como si se tratase de una noticia más, cuando lo que descubrimos es una situación dramática para los EE.UU. Véase en este sentido la reseña del libro Mentiras, lobbies, alimentos que analiza unas condiciones bastante similares en Europa.

Reduccionismo científico (p. 307)

El autor nos indica la manera en que puede simplificarse el contenido de un informe para que pueda resultar comprensible en los ámbitos más variados. Asimismo menciona que, a pesar de haber señalado que las recomendaciones sólo debían aplicarse a los alimentos, como fuentes de nutrientes naturales, p. ej. vitaminas, etc., enseguida comenzaron a comercializarse complementos alimenticios de los diferentes nutrientes en forma de comprimidos. Hace referencia a un producto “denominado Healthy Greens, un suplemento vitamínico que contenía vitaminas A, C y E, betacarotenos, selenio y un minúsculo medio gramo de vegetales deshidratados”. (P. 307).

Este producto condujo a una batalla legal de un año de duración entre la Comisión Federal de Comercio (Federal Trade CommissionFTP) y el grupo de empresas comercializadoras GNC. CAMPBELL colaboró como experto en la citada comisión federal. No obstante, pese a lo claro del caso, el grupo empresarial GNC logró alcanzar un compromiso que se saldó con el pago de una multa de un importe ridículo en relación con los beneficios obtenidos.

El informe redactado por el comité nacional en 1982, con la contribución de CAMPBELL, solamente se dio a conocer en su forma menos mordaz. Por ejemplo, en relación con el porcentaje de grasas en la alimentación, el director del Laboratorio de Nutrición del USDA (United States Department of Agriculture) explicó que “si nos proponíamos reducir las grasas por debajo del 30%, los consumidores se verían obligados a reducir la ingesta de alimentos de origen animal, y esto sería lo mismo que firmar el acta de defunción de nuestro informe”. (P. 309).

A continuación, el autor describe el sinsentido de un informe que, en el año 1976, reunió los datos obtenidos entre 120.000 enfermeras con el objetivo de “investigar la relación entre varias enfermedades y los anticonceptivos orales, las hormonas posmenopáusicas, el tabaco y otros factores, como por ejemplo, los tintes para el cabello. A principios de 1980, el profesor Willett añadió al estudio un cuestionario sobre la dieta y, cuatro años más tarde, amplió este cuestionario incluyendo más productos alimenticios”.

La recogida de información se repitió en los años 1986 y 1990. El resultado fue la obtención de datos durante más de dos décadas con un coste de entre 4 y 5 millones de dólares al año. Este estudio de cohorte prospectivo cosechó gran importancia. Frank E. Speizer y Walter C. Willett (enlace en inglés) están considerados como los promotores del Estudio de Salud de las Enfermeras (Nurses’ Health Study; enlace en inglés). Willett también escribió el libro “Eat, Drink and Be Healthy” (Come, bebe y conserva la salud).

CAMPBELL critica con gran severidad este estudio y lo argumenta adecuadamente. “Por ejemplo, el programa nacional de comidas escolares del USDA considera las patatas fritas como un producto vegetal”.

La dieta de las enfermeras era muy rica en alimentos de origen animal y superaba en general la del estadounidense medio. Su ingesta media de proteínas duplicaba la cantidad diaria recomendada, que oscila entre un 9 y un 10%. Además, entre el 78 y el 86% de las proteínas procedían de productos de origen animal. Por otro lado, las enfermeras consumían muy pocos alimentos integrales y vegetarianos. El significado de todos estos datos los ilustra con un gráfico de Carroll de 1975.

Los grupos de enfermeras participantes en el estudio no eran nada homogéneos. En el grupo que registraba un mayor consumo de grasas, el 50-55% de calorías procedían de estas. Las enfermeras que consumían menores porcentajes de grasas lo hacían sencillamente consumiendo carnes magras, p. ej., aves y pescado, así como crackers “light” y comida basura baja en grasa, como patatas fritas de bolsa y galletas.

Por estos motivos, las diferencias sobre la salud eran muy escasas, aunque las diferencias en los porcentajes de grasas fuesen bastante elevadas. Lógicamente, esto conduce a conclusiones erróneas. Los estudios que se realizan en torno a una sustancia única no desvelan la verdad. En cambio, en El Estudio de China los resultados sí presentan una realidad generalizada.

El autor demuestra una serie de falsas conclusiones a las que se llegan a partir de este tipo de estudios que tanto critica. Sólo un ejemplo: “No hallamos ninguna asociación significativa entre la ingesta de carne y de productos lácteos, y el riesgo de contraer cáncer de mama”. Se trata de una afirmación que resulta lógica en un estudio como este, que, por otro lado, ha costado más de 100 millones de dólares.

CAMPBELL describe su batalla contra los molinos de viento y publica en este sentido un intercambio de correspondencia con Willett y el Dr. Hu. En una conversación personal con Willett, este le respondió lo siguiente: “Usted puede tener razón, Colin, pero no es eso lo que quiere el público en general”. (P. 328).

La "ciencia" de la industria (p. 331)

El autor hace referencia al poder del sector económico indicando una serie de cifras sobre sus volúmenes de negocio que no repetiré, ya que en mi reseña sobre el libro Sal, azúcar y grasas incido ampliamente sobre este problema, así como en las cifras.

Igualmente, indica un gran número de “grupos industriales que trabajan para aumentar la demanda general de sus propios productos. (…) las más poderosas tienen presupuestos anuales de cientos de millones de dólares”.

Un grupo de científicos, bajo la dirección de los profesores E. M. Foster y Michael Pariza, reunidos en un comité financiado por la industria cárnica y de productos lácteos, recibió el encargo de vigilar a las personas e instituciones “con proyectos potencialmente “perjudiciales” para su industria”. El grupo lácteo Dairy Management Inc. dedicó un presupuesto de marketing anual  de más de 165 millones de dólares con el objetivo de aumentar la demanda de productos lácteos. Su público objetivo era sobre todo las madres y los niños pequeños. CAMPBELL describe algunas de sus campañas publicitarias.

Al público y a la prensa les gustan los eslóganes cortos como “prevenir el cáncer bebiendo leche de vaca”. Resulta atractivo, a pesar de no tener ningún fundamento. CAMPBELL ilustra los “ganchos” utilizados por los profesores Bauman y Pariza con la historia del CLA (ácido linoleico conjugado).

En 1995, poco después del descubrimiento de un nuevo carotenoide –el licopeno– se informó que un consumo mayor de tomates o de alimentos que los contienen, como las salsas para pasta, reducían el riesgo de contraer cáncer de próstata. Esto condujo inmediatamente a una oferta y a una demanda de nuevos suplementos alimenticios.

Por otro lado, las organizaciones que promocionan los cítricos alaban con éxito su contenido en vitamina C. En cambio, para otros alimentos naturales que contienen incluso más vitamina C no existen lobbies. Por este motivo, seguro que usted considera que los cítricos son los mejores suministradores de vitamina C. (P. 347).

En este sentido, CAMPBELL presenta algunos ejemplos. La papaya contendría, con 80 mg/100 g, cuatro veces más vitamina C que las naranjas; algo que no es totalmente cierto, ya que las naranjas y los limones contienen unos 50 mg/ 100 g, es decir, bastante menos pero no cuatro veces menos.

Para el pimiento (Capsicum, chile), con un 0,1 – 0,4 de porcentaje sobre el peso, sí es correcto. Pero también tenemos las coles de Bruselas con 112 mg en crudo, la col rizada con 105-120 mg, el hinojo con 93 mg, la coliflor con 69 mg, el colinabo con 65 mg o las espinacas con 40-150 mg, que presentan unos contenidos en vitamina C superiores a los de las naranjas. Entre las frutas, es la acerola (o semeruco), al menos su zumo, la que más vitamina C contiene, ¡entre 1.400 y 4.500 mg! El escaramujo es más conocido con 1.250 mg, es decir, 25 veces más que los cítricos, seguido del espino amarillo con 450 mg y las grosellas con 177 mg.

Volviendo al libro El Estudio de China: es cierto que las fresas y los fresones, con sus 64 mg, y el brócoli (crudo 115 mg, cocido 90 mg) contienen más vitamina C que las naranjas, no así los guisantes con sus 41 mg en lugar de los 50 mg de los cítricos. ¿Entiende usted ahora a lo que me refiero con los lobbies? ¿O ya lo sabía?

¿Está el gobierno a favor de los ciudadanos? (p. 350)

“Lo han dicho los paneles de expertos del gobierno, y también los cirujanos generales y los científicos académicos. Hay más muertes causadas por una dieta inadecuada que por el tabaco, por accidentes, o por cualquier otro factor medioambiental o relacionado con el estilo de vida”.

El autor nos explica el modo de actuación del gobierno en la práctica. El sinsentido que impera lo refleja mediante varios ejemplos obtenidos del informe publicado en el año 2002: “Para satisfacer las necesidades energéticas y nutricionales diarias del organismo y, al mismo tiempo, reducir el riesgo de enfermedades crónicas, los adultos deberían obtener entre un 45 y un 65% de sus calorías de los hidratos de carbono, entre un 20 y un 35% de las grasas y entre un 10% y un 35% de las proteínas.

(…) los azúcares añadidos no deberían superar el 25% de las calorías totales consumidas (…) los azúcares añadidos se incorporan a los alimentos y bebidas durante el proceso de producción”.

CAMPBELL menciona en El Estudio de China y en relación con el citado informe lo siguiente: “En él se afirma que podemos consumir una dieta que contenga un 35% de calorías en forma de grasas, como máximo. Esto supera el límite del 30% recomendado en informes anteriores. Nos aconseja también consumir hasta un 35% de las calorías en forma de proteínas, un porcentaje muy superior al sugerido por otras autoridades en la materia. La última recomendación es la guinda del pastel, por así decirlo”.

A tenor de los hallazgos de El Estudio de China, uno no puede dejar de escandalizarse cuando ve cómo funcionan las cosas. A continuación, el autor explica los motivos y culmina diciendo que las recomendaciones del informe supuestamente ayudan “a reducir el riesgo de padecer enfermedades crónicas”.

Según estas recomendaciones, el siguiente menú correspondería a sus indicaciones:

Para el desayuno: una taza de “Froot Loops” (enlace en inglés) -unos cereales de desayuno de colores y fuertemente azucarados-, una taza de leche desnatada y un paquete de bolitas de chocolate con leche M&M's. Para la comida: una hamburguesa con queso cheddar a la parrilla. Para la cena: tres porciones de pizza de pepperoni (en la edición española "pizza con pimientos"), un refresco de 5 dl y una ración de galletas Archway (enlace en inglés). Este menú contiene solamente 1.800 calorías, pero no tiene nada de saludable.

Desayuno de cereales "Froot Loops", recomendado pero altamente perjudicial. Fotografía: Evan Amos.

Froot Loops y chocolate con leche M&M's para desayunar. Fotografía de Evan Amos.
Hamburguesa con queso cheddar a la parrilla y refresco. Fotografía de Renee Come. Véase el texto más arriba.

Hamburguesa de queso cheddar y carne picada a la parrilla para la comida. Fotografía: Renee Come.
Si bien en la edición en español del libro se nos habla de pizza con pimientos, en realidad se trata de una pizza de ”pepperoni”. Según la Wikipedia: “El pepperoni es un tipo de embutido parecido al salami. No es un ingrediente común en las comidas de estilo italiano porque se tradujo mal. Peperoni en italiano es el plural de peperone que es el pimiento en español. El nombre correcto sería salsiccia picante debido a su sabor fuerte y picante que le agrega a los diferentes platos en que se utiliza, como por ejemplo la pizza”.

¿Qué sería lo correcto? El cuerpo necesita una ingesta mínima de proteínas entre un 5 y un 6% del total de calorías. Sin embargo, los científicos responsables recomiendan entre un 9 y un 10% para garantizar un margen de seguridad también en el caso de una composición inadecuada.

Aproximadamente en la misma época, la Organización Mundial de la Salud (OMS), teniendo como portavoz al profesor Phillip James, estuvo a punto de determinar que el límite superior seguro para el azúcar añadido era de un 10%.

“Según el periódico “Guardian”, de Londres, la industria azucarera estadounidense estaba amenazando con “llevar a la OMS al borde del desastre” a menos que esta abandonara las indicaciones referidas a los azúcares añadidos”. A pesar de todo, se establecieron una serie de recomendaciones diferenciadas. (P. 356).

El autor incluye ejemplos adicionales sobre este tipo de compromisos, así como sobre sus efectos y sus consecuencias, que “nos han postergado durante años”.

Para finalizar este apartado, describe un ejemplo positivo, el de la doctora Antonia Demas, con sus 300 programas de comida escolar y de terapia del comportamiento, bajo el nombre de “Food is Elementary” (La comida es elemental). Un programa de alimentación que contrasta con los requerimientos gubernamentales para que los colegios incluyan leche de vaca, así como una utilización mayoritaria de alimentos de origen animal. (P. 365).

¿La salud de qué personas está protegiendo la gran medicina? (p. 367)

El autor plantea la siguiente pregunta: “¿Por qué el sistema médico no trata con seriedad el tema de la nutrición? Cuatro palabras: dinero, ego, poder y control”. No se refiere a los médicos en particular, sino al sistema en el que trabajan y que debería asumir la responsabilidad de promover la salud de las personas.

A continuación, nos describe la historia de un prominente cirujano, el Dr. Esselstyn. Tras la lectura del libro “The McDougall Plan” (El programa McDougall) del Dr. John McDougall, se dio cuenta de que los pacientes a los que intervenía consumían elevadas cantidades de carne, grasas y alimentos refinados.

Cuando un paciente le sugirió a su cardiólogo, defensor de la doctrina médica oficial, que deseaba participar en el programa de salud de Esselstyn, le respondió: “Escuche lo que voy a decirle: no hay ninguna forma de revertir esta enfermedad”.

Esselstyn opina que el problema reside en la enseñanza y en la formación continua. Ninguna empresa importante puede estar interesada en la alimentación natural. “Esta situación es peligrosa. Y no porque la formación de los médicos en lo que se refiere a nutrición sea inapropiada, sino porque es prácticamente inexistente. (…)

¡Y las cosas no hacen más que seguir empeorando! Cuando se enseña nutrición en relación con los problemas de salud pública, ¡adivina quién es el proveedor del material educativo! El Instituto Dannon, la Junta Nutricional de Huevos, la Asociación de Ganaderos de Carne Vacuna, el Consejo Nacional de Productos Lácteos, Nestlé Clinical Nutrition, los laboratorios Wyeth-Ayerst, la empresa Bristol-Myers Squibb, la corporación Baxter Healthcare y otras empresas y organizaciones que han unido sus esfuerzos para elaborar un programa de nutrición en medicina y una iniciativa para incluir la nutrición en los programas de estudios de medicina”. (P. 375).

El Instituto Dannon fue creado y “alimentado” por el gigante de los productos lácteos Danone. La multinacional genera una facturación de más de 15.000 millones de euros y cuenta con unos 81.000 trabajadores. La industria productora del huevo sabe aprovechar la Wikipedia en su beneficio, lo que puede comprobarse en sus publicaciones en español, inglés y alemán. Al igual que hacen la NCBA (industria de la carne; enlace en inglés) o la Dairy Management Inc. (enlace en inglés) en la industria de los lácteos. Wyeth es una empresa farmacéutica con una facturación de 22.000 millones de dólares, adquirida por Pfizer (60.000 millones de dólares de volumen de negocios) con un beneficio de 15.000 millones. Bristol-Myers Squibb, del mismo sector, generó una facturación de 18.800 millones de dólares en el año 2009 con un beneficio neto de 10.600 millones. Baxter International (enlace en inglés) hace sus negocios con los problemas de riñón de las personas.

Entendemos así por qué los médicos recomiendan consumir leche cuando se padece osteoporosis. “La ignorancia de los médicos en el área de la nutrición es sorprendentemente dañina para la salud”.

CAMPBELL también menciona algunas excepciones como, por ejemplo, la trayectoria del Dr. John A. McDougall (enlace en inglés), que sufrió un derrame cerebral a los 18 años y que después de recuperarse comenzó a valorar la vida de un modo diferente. Resulta particularmente interesante su experiencia como médico residente enfrentado al “establishment” que estuvo a punto de costarle su carrera de medicina. (P. 379; EE: Después prácticamente se alimentó de un modo vegano, Wikipedia).

A continuación describe, en el apartado “Adictos a los medicamentos”, cómo las farmacéuticas contratan a empresas de relaciones públicas y comunicación para que redacten artículos científicos y para que encuentren investigadores dispuestos a figurar como autores de dichos estudios. (P. 381).

“El 20% de todos los medicamentos de reciente aparición tiene graves efectos secundarios desconocidos, y más de 100.000 estadounidenses mueren al año por tomar correctamente la medicación adecuada que les ha recetado su médico”. (P. 384).

En las páginas siguientes, el autor relata los destinos de ambos médicos, los doctores McDougall (véase su web en inglés www.drmcdougall.com) y Esselstyn, que han seguido unas trayectorias de éxito, pero con unos tratamientos no exactamente conformes a la medicina convencional. No obstante, “después de que el éxito obtenido por curar a los pacientes con un enfoque basado en la nutrición haya generado grandes titulares, tanto a Esselstyn como a McDougall les han prohibido volver a formar parte de la medicina oficial”. En unos párrafos anteriores, CAMPBELL menciona lo siguiente: “Ahora se está produciendo una situación interesante: tal como sucedió con el doctor McDougall, muchos de los “pesos pesados” de la clínica aquejados de enfermedades cardíacas han acudido a Esselstyn para que les recomendara el tratamiento que debían seguir y les aconsejara sobre los cambios que debían introducir en su estilo de vida. Ellos saben que su método funciona y buscan voluntariamente su ayuda”. (P. 390).

Historias que se repiten (p. 392)

En el año 1985, mientras CAMPBELL disfrutaba de un año sabático, tuvo la oportunidad de descubrir libros muy interesantes en la Biblioteca Bodleiana (Bodleian Library) de Oxford, así como en las bibliotecas londinenses del Colegio Real de Cirujanos (Royal College of Surgeons, RCS; enlace en inglés) y del Fondo Imperial para la Investigación del Cáncer (Imperial Cancer Research Fund, hoy denominado Cancer Research UK; enlace en inglés).

Uno de los autores de estos libros es George Macilwain (1797-1882), un prominente cirujano de principios del siglo XIX. “A la edad de cuarenta años decidió adoptar una dieta vegetariana después de descubrir que “la grasa, los aceites y el alcohol” eran las principales causas del cáncer”. (EE: véase la avanzada edad que alcanzó para aquella época).

Este cirujano describió el concepto de naturaleza constitucional de la enfermedad y defendía que las enfermedades no eran el resultado del deterioro de un determinado órgano o de una determinada célula, sino que se producían “por el deterioro de múltiples sistemas orgánicos”.

Hace 2.500 años, Platón y Sócrates ya lo sabían. CAMPBELL menciona el diálogo entre Sócrates y Glaucón, en el que los argumentos de Glaucón son especialmente significativos. Pero también Frederick Ludwig Hoffman (enlace en inglés), hombre clave en la fundación de la Sociedad Americana del Cáncer (American Cancer Society) defendió “la alimentación como el medio principal para prevenir y tratar las enfermedades”.

Para finalizar, CAMPBELL resume muy brevemente sus numerosos argumentos y demuestra que la mayor parte de la población de los Estados Unidos está “enferma”. Para ello añade 15 cifras sobre el estado de salud de los norteamericanos que resultan impresionantes. Y en Europa estamos recorriendo el mismo camino…


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Autor
Ernst Erb, Imagen de año 2003
Ernst Erb, Suiza
Mein Lebenslauf hat mich motiviert, die "Stiftung G+E, Gesundheit und Ernährung" zu gründen. Im Beitrag "Schicksalsschläge, tödliche Krankheit, Gesundheit, Leben!" schildere ich etwas davon. Ein ebenso wichtiger Punkt bildet die Erfahrung aus dem Aufbau von Radiomuseum.org: Es bekommen zu viele Männer bereits ab Alter 65 schwerwiegende Krankheiten. Das gilt sicher auch für Frauen - und ganz allgemein altern wir zu rasch. So lange wie möglich zu leben ist nicht das Ziel, sondern so aktiv, positiv und glücklich wie möglich. Der Weg des geringsten Widerstands führt nicht dazu. Ganz im Gegenteil: nur im Leid schafft man grössere persönliche Veränderungen. Im Alter von 41 Jahren brachte mich die Todesangst vor meinem Krebsleiden dazu, über mein Leben zu reflektieren und auch bezüglich Krankheit selbstverantwortlich zu handeln. Heute bin ich froh, dass ich durch sehr schwierige Lebensphasen gehen musste. Dadurch konnte ich meine Lebensführung so verändern, dass ich auch im achtzigsten Lebensjahr (2015) >60 Stunden pro Woche am PC arbeiten und dabei leistungsfähig bleiben kann. Es ist falsch, so viele Stunden sitzend zu verbringen (früher waren es mehr), doch versuche ich das durch Ausdauersportarten (schnelles Wandern, Bergwandern, seit 2014 auch durch Joggen) und leider nicht immer jeden Tag ausgeführte Übungen (7 Min Workout ab iPhone) auszugleichen. Ich darf aber annehmen, dass die langjährige (Pesci-)vegane Ernährung mit ca. 90% Rohkostanteil den Ausschlag für meine Gesundheit gibt. Leider sind es mit Sicherheit nicht meine Gene. Auch als Angestellter sah ich meine Arbeit nie als Job, sondern als Hobby, das mich interessierte. Als ich eigene (kleine) Firmen aufbaute, war mir das Wohlergehen der Mitarbeiter besonders wichtig. Erfolg oder Misserfolg hing zu einem grossen Teil von ihnen ab. Es war nie mein Ziel, reich zu werden, sondern etwas individuell und intelligent aufzubauen, so dass es vielleicht Erfolg haben kann. Trotzdem kann ich es mir nun erlauben, mit meiner Erfahrung und meinen Möglichkeiten etwas aufzubauen, das interessierten Menschen zugut kommen kann. Zum Glück geben mir auch junge Menschen, die an "diet-health.info" mitarbeiten, das Gefühl echter Teamarbeit. Einige arbeiten mit mir persönlich zusammen, wie ein Software-Entwickler neben einem Studium. Doch mit Skype und TeamViewer ist es möglich, mit geographisch weit verstreuten MitarbeiterInnen zu arbeiten, wie z.B. mit professionellen ÜbersetzerInnen. Selbst Professoren oder Ärzte beteiligen sich an diesem etwas speziellen Projekt, indem sie eigene Texte beisteuern. Unsere Themenbereiche erfassen eigentlich alles, was uns Menschen ausmacht: Gesundheit - Prinzipien/Allg. - Heilkunde - Ernährung - Produktion/Handel - Drogen - Aktivität - Lifestyle - Politik - Wellness - Natur - Umwelt - Persönlichkeit - Ethik - Soziales / Religion. Noch weiss ich nicht, ob "diet-health.info" mit diesem Versuch, den Menschen "nur" solide Zusammenhänge zu vermitteln, auch die notwendige Beachtung erhalten kann. Doch meine ich, dass es reflektierende Menschen gibt, die Zusammenhänge verstehen wollen, statt jedem Modetrend lemmingehaft nachzugehen oder sich zu einem leicht begehbaren Weg (ver-)führen zu lassen. Ob die auch die notwendige Aufmerksamkeitsspanne und den Willen zum Lesen mitbringen? Jedenfalls fehlte mir eine solch umfassende Quelle, die mir ungefärbte Antworten auf wichtigste Fragen geben kann. Deshalb versuche ich diesen "vorher vergeblich gesuchten Hafen" aufzubauen. Hoffentlich habe ich auch die Zeit und Kraft dazu.

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Translator
Monika Meissner, España
Publicación

23/4/15 20:39

Fecha de modificación

10/2/16 11:26

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